miércoles, 29 de octubre de 2008

UN DÍA PISÉ UN CHARCO

Un día pisé un charco
cuando contemplaba las fulgurantes estrellas
y un frío intenso me atosigó el pie.
Fue como el contacto descalzo

contra el mármol recién pulido.
Fue la mordedura portentosa
de un gusano.
Entró en mi cuerpo
rompiendo una vieja herida
aún sin cicatrizar.
Pronto, muy pronto, se vampirizó
y comenzó a beber con avidez
esa mi sustancia vital.
¡Ansioso chupador de sangre!
Artigó las azules cañerías
destrozó la carne y el músculo y el hueso
turbando la visión
y las estrellas perdieron brillo.
Escaló por un nervio
hasta mi arjé.
¡Gusano alcohólico de sangre!
Invadió el corazón,
creció y creció. Se agigantó.
Noté la ingravidez a mi alrededor.
Allí hiló su morada, al poco tiempo
sin descanso,
un enorme capullo ligero como el viento,
cebado y áspero
como aquel derrotado tiempo.
Me hacía flotar
entre borbotones de savia roja.
Un día rompió su prisión
y la crisálida voló
sin mirar atrás
directa al Cosmos
fuera del agujero maltrecho de tejidos rotos.
La vi alejarse,
con todo el pecho derramado
y abierto y ofensivo y sangrante.
¡Mi pobre corazón!

2 comentarios:

MANUELO dijo...

Aplíquese la pisada de un charco a una circunstancia en la vida que te destroza durante un tiempo... Es sencillo de interpretar, ¿no?

Don Dato dijo...

Me ha gustado.