sábado, 26 de diciembre de 2009

UNA NOCHEBUENA EN TREN

1
Sí, es la Nochebuena de 1980. El expreso lanzará su único y firme tentáculo en pos de su destino. La mayor parte de la ciudadanía se mueve entre resacas, caprichos y celebraciones. Se aproximan las once de la noche. Los escasos viajeros se observan con gran disimulo, siempre esperanzados ante un reconfortante saludo visual. Militares, funcionarios, comerciantes y demás visitantes circunstanciales. Claro, todos se miran de reojo. No resulta demasiado agradable. El andén; vacío, frío, perenne y, sobre todo, paciente. Justo Responso camina en busca de su asiento, acompañado de una pequeña bolsa con propaganda de el corte Inglés. La veterana estación de Atocha registra una temperatura cercana a los cero grados. Justo saca de su bolsillo interior el billete que le indicará su situación como viajero, entonces observó un hombre, alto, muy abrochado y oscuro, moviéndose de una manera extraña, que le llamó la atención.
La salida iba a ser inminente. Todo aquél que quisiera partir debería estar acomodado tranquilamente en su sitio. Y a viajar. La cantidad de personajes: irrisoria. Sumando la tripulación y los viajeros no debería de pasar la cifra de cinco o seis personas. Es lógico. "¿Quién podría viajar en estas fechas?", me preguntaba yo constantemente. Y arrancó por fin el tren expreso. Atrás dejaríamos nuestras vidas recientes y efímeras.
Justo optó por acomodarse y empaparse de una lectura fácil a la que estaba acostumbrado. Entró en el departamento, para medio tumbarse al amparo de una penumbra luz cercana a la cabecera de su asiento. Una vez allí, y antes de abrir el consabido libro, se dedicó a observar el lóbrego horizonte. Los árboles, matorrales grandes, casetas abandonadas, postes telegráficos, granjas semipobladas, carreteras minipobladas, estaciones de paso y alguna luz lejana, le hicieron agrandar su fantasía. Aunque esta noche notaba un nerviosismo muy especial. Le pareció estar solo en el vagón. "!!ARRRGGGGHHHHH¡¡", se despertó bruscamente y sudoroso. Tiempo hacía que no le sucedía. Una pesadilla horrible le asedió durante un corto sueño. Alguien le perseguía con un horrible rostro; y él no podía avanzar todo lo rápido que quisiera. Intentaba correr, no podía. Intentaba saltar, tampoco. Quería hacer frente, imposible. Huir, descartado. De repente, se vio despierto y la tranquilidad volvió a reinarle los párpados. Todo había sido un maldito sueño. Pensó en tomar un respiro en la ventanilla del pasillo. Hizo lo propio para reincorporarse. No le respondió su pierna derecha. Ante la imposibilidad del hecho, intentó volver a dormir. Un reconcomio raro lo asediaba, y le volvieron algunos recuerdos de su niñez. La incomunicación de la situación le empezó a asustar. Volvió a intentar levantarse... pero... ¡nada!, insufrible total. Sudaba y sudaba.
Recordaba una historia de su niñez. Muerte en los trenes, seres de ultratumba aprovechándose de los viajeros solitarios; arrancándoles las entrañas para tragárselas...
"Oigo pasos, son muchos, no me puedo mover, ...se acercan..., !mi pierna¡, ...la puerta la dejé abierta, ...se abre... !!NO, NO¡¡, ...mi pierna, ...no tengo nada a mano. !Ya están aquí¡. !SOCORRO, SOCORROooo....¡, !socorroooo¡". "!!...MI ...PECHO¡¡.... !!MIii PEeeCHO¡¡"
"...!!!Truckk, truckk, trukkk...¡¡¡"
Cuando el revisor abrió la puerta del compartimiento 46, halló un viajero muerto. Ninguna otra persona notó nada extraño en ese vagón ni durante ese corto trayecto, el nombre del muerto ya lo saben ustedes.
2
Vaya un día para viajar. Desde luego, si el compromiso no fuera ineludible ni por lo mas remoto lo haría. Una cierta tristeza y melancolía se apoderaba de todo mi ser. Por desgracia, era Nochebuena y el frío agravaba mi consternado estado. Ante la imposibilidad de recuperar el sueño, la opción de pasar el rato asomado a la ventanilla se apoderó de mí. Los postes ferroviarios, cuán soldados postrados marcialmente, me vigilaban. Las luces medio lejanas cobijaban con seguridad una familiar cena al amparo de un cordial calor cercano. Y yo, pobre infeliz, hasta el momento con la sola compañía del revisor, al que no veía desde hacía un par de horas largas. La incomunicación del vagón hacía muy triste todo el ámbito. Debía de acudir, sin remisión, al reclamo del padre Prudencio en el convento de Los Monjes Ermitaños, al día siguiente, sin falta. Toma, aquí tienes una carta del convento ese al que sueles ir, me dijo mi tutor hace cuatro o cinco días. No pude rehusar la invitación por ninguno de los medios, allí carecen de teléfono y de otro tipo de contacto que no sea personarse. Así que debería fastidiarme. Mi primera intención de hacerlo con un par de días de antelación se eclipsó al tener que asistir a una conferencia de mi tutor y jefe; éstas son siempre afables y como experiencia son enriquecedoras, sin contar el reporte económico que me producen, necesario para mi subsistencia; al menos, hasta que me consagre como escritor y traductor; cosa dificilísima por cierto, y un tanto dudosa. Mas no cejo en mi empeño.
En la misiva se me comunica que debo volver a traducirles un escrito en lengua francesa medieval, que domino ampliamente, el día veinticinco como muy tarde. Debe tratarse de un documento muy especial, me dijo. No me importa demasiado. En realidad es una compensación por las facilidades que me dan a la hora de adquirir historias de otras épocas, que ellos cada cierto tiempo me proporcionan. En esta ocasión, al parecer por lo que interpretaba en la misiva, habían encontrado unas crónicas, en una carpeta llena de códices, y deseaban que yo se las estudiara antes que nadie. De modo que se me situó la papeleta de viajar en tan señalada noche.
Me gustan estas historias apócrifas, son un buen ejercicio para adquirir un estilo personal. Parece que el autor se autodenomina Mendicato. Todo tiene un halo de extrañeza. Además, no deseo dar mucha publicidad al sitio, no fuérase que alguien se me adelantara. Soy muy desconfiado por naturaleza.
Entre pensamientos y meditaciones de toda índole, decidí meterle mano a mi cena, un bocadillo de embutido.
Por el pasillo vi aparecer una figura, se diría humana. Alta, de unos dos metros, toda oscura; abrochado hasta arriba con un abrigo tipo gabán; abotonado en negro, pensé, lo que me hizo brotar una leve sonrisa que agradecí providencialmente, al acordarme del símil taurino. Resultó agradable sentir que iba a tener compañía por un rato. Sería un viajero, ¿aburrido?, al igual que yo, y él agradecería, probablemente, un rato de buena charla. Lucía un sombrero negro redondo por completo, a lo cordobés, dándome la sensación de que era un cura de los antiguos. El tipo debía pesar más de ciento veinte kilos. Andaba entrechocándose por las paredes del pasillo y siguiendo el compás del vaivén del vagón. Di un bocado al chorizo, sin poder remediarlo. Qué agradable olor me salpicaban las glándulas olorosas. Los distintos trasluces daban un aspecto bastante siniestro al individuo. Ya percibía su cara a unos doce metros, dura sin duda, facciones muy pronunciadas, y unos labios grandes y carnosos, secos como la corteza de un nogal. Parecía recién afeitado, por la luminosidad de su rostro, y portaba un pequeño maletín que no se apreciaba sino en la cercanía. Por unos momentos, mi agradecimiento a la suerte de tener compañía durante unos minutos se desvaneció. Qué persona tan extraña y solitaria y qué motivo le movería a realizar un viaje. Desde luego lo iba a saber en breves segundos, pues ya lo tenía encima mía, y me había pillado con la boca llena, que, sin darme cuenta, había dejado de masticar impresionado por la bárbara figura. Según se acercaba a mi posición más grande se me antojaba la enorme silueta. Parecía dar con la cabeza en el techo. La mirada que me propició me dejó, aun, más abiertas las mandíbulas. Creo recordar que hasta se me cayó un hilo de babilla.
- ¡Buenas noches y Feliz Nochebuena! - Me dice, con un tono de voz capaz de quitarle trabajo al mismísimo Frankenstein.
- Hola - Replico yo, totalmente compungido y haciendo un increíble esfuerzo para tragarme, con todo tipo de muescas, el chorizo, que ya se estaba convirtiendo en sobrasada dentro de mi boca. Se me pegó a las encías; qué materia tan revoltosa.
La conversación no se hizo esperar, creo que este hombre estaba más que acostumbrado a causar tan bárbara impresión. Y si así no fuera pasaría por ser un tipo muy despistado. Seguía moviéndose en concordancia al traqueteo del vagón. Móvil que me hizo deducir su gran experiencia como viajero. Yo también lo era.
- Soy..., soy escribiente y aprendiz de escritor. ¿Quiere?
El hambre se me estaba escaqueando. Opté por ofrecerle de mi sidra; ya, ésta un poco más templada que el tiempo. Lo hice a fin de ser todo lo cordial que pudiera; o sea, le quise hacer la pelota.
- Gracias muchacho. Me viene muy bien, tengo la boca seca. Me la ha dejado una situación por la que acabo de pasar. De lejos le confundí a usted con el revisor. Debo encontrarlo. Empecé a buscarlo por motivos relacionados con la calefacción, pero me ha surgido otro motivo mucho más prioritario. Parece que me persigue mi profesión, allá donde voy.
Entonces, el hombre sacó una tarjeta que me ofreció muy amablemente, y que sin duda la regalaba a casi todas horas: "VIUDA E HIJOS DE MARTÍNEZ. ENTERRADORES". Fueron las mayúsculas que enseguida leí. Desde luego su aspecto acompañaba con su profesión. Cuando no tuviera clientela, le podría bastar con acercarse sigilosamente a cualquiera, como lo había hecho conmigo, y no tendría mucho problema en que de cada tres o cuatro intentos se le muriera alguien allí mismo. De corazón, se lo digo a ustedes.
El individuo me explicaba los detalles de su indumentaria. "Mira hijo, es como llevar la publicidad colgada del cuello, y como mi físico va a llamar la atención igualmente pues venga, al cien por cien". "Sí, pero podría evitarlo en algunas ocasiones, digo yo. ¿Si va de viaje?". "Ahí, ahí, esa es la cuestión, que mi viaje no es por placer, voy a realizar un trabajillo muy majo en un pueblo de Granada. Un caciquillo que ha muerto pisoteado por el ganado y no deja su familia que nadie lo visite hasta que yo lo arregle. Me han obligado a viajar hoy, para mañana a primera hora comenzar. Soy un artista. Primero vacío el cuerpo de toda víscera corruptible. Pego los cortes justos para no dañar la envoltura, ¿sabe? Las vísceras las meto en formol hasta que la familia decida si desea quedarse con alguna. Normalmente escogen el corazón si ha sido buena persona. Aunque tengo anécdotas de todo tipo, la gente es especial en ocasiones. Una vez, una viuda se quedó con el pene del difunto. Se lo disequé y lo tiene guardado en un frasco encima de su mesita. Desde luego no es el primer caso, sé que lo suelen hacer alguna que otra vez. Los pulmones, el hígado, riñones y demás lo suelo tirar o mandar a alguna universidad para su futuro estudio y cuyo reporte económico me beneficia muy a gusto".
Me sentía acorralado ante la situación; por supuesto, del bocadillo no quería saber absolutamente nada; en un esfuerzo y oculto entre el vaivén del vagón y la cortinilla de protección, lo lancé con fuerza al exterior. Ahora, sí que sentía verdadera envidia de esas luces amarillentas que adornaban los pequeños pueblos y cortijos por los que transitábamos. Entonces, de súbito, escuché las palabras estremecedoras provenientes de mi extraña compañía:
- ¿A que le interesaría ver un muerto? Podría servirle como argumento para una historia.
Me lo dijo sin darle la menor importancia. Un muerto, ¡por favor!; todavía puedo notar como se me pone la carne de gallina. Este hombre no tenía ningún otro tema de conversación, parecía ser. Ahora bien, reconozco que suscitó mi curiosidad al máximo y levantó un poco de aprensión en mi espíritu. Pero la conversación, casi monólogo, que, este hombre oscuro, me mantuvo nada más conocerme, me hizo idear que no debería temer nada de él, excepto, acaso, que nunca pudiéramos comer en la misma mesa.
- ¿Un muerto? ¿Es que viaja usted con la mercancía puesta? - ¿No se lo cree? Se lo cuento porque estamos completamente solos en el tren, por lo menos en los dos contiguos vagones. Me serviría Vd. como testigo en caso de que no apareciera el revisor en las próximas horas. Si le parece, deberíamos buscarlo para notificárselo. Si no, deberé esperar hasta la próxima parada, a ver qué ocurre.
Me lo dice, un tanto atribulado, el hombre. Creo que se alegró de encontrarme.
- Podemos salir de dudas sin ningún problema. Vd. me acompaña, lo vemos, lo examinamos. Yo puedo deducir la causa de su muerte con bastante exactitud. Hasta ahora solamente lo he intuido por la bolsa de sus ojos y el hecho de no contestar a mi pregunta. Y se la he repetido varias veces. ¿Le parece normal?
- Bueno mire, si quiere vamos. No tengo nada que perder, excepto que no sea el tiempo, y la verdad aquí en la ventanilla y pasando frío ya lo estoy haciendo.
Le incidí muy decidido. Di mi último trago a la sidra antes de arrojarla animadamente por la ventanilla. El gran hombre de negro volvió a decir:
- Me vendría bien restaurar a otro cliente, amigo, así aprovecharía el viaje con plenitud. Lo podría hacer sobre la marcha y sacar algo de provecho de la situación. Pero claro, primero hay que aclarar el tipo de muerte que le ha sucedido. ¿Nos vamos comprendiendo?
Tragué saliva varias veces seguidas, a fin de aliviar la sequedad con la que se me había quedado la garganta. El hombre comenzó a andar indicándome con gestos que lo siguiera hacia adelante, en dirección al primer vagón.
Conforme nos acercábamos al compartimento 46, se me empezaba a congelar la sangre en las venas. Las pisadas del gigantón resonaban sobremanera. Debía llevar acero por suelas, o así me lo parecía a mí en esos momentos. Se giró dos veces, para indicarme el número al que íbamos, y una tercera, ya en los aledaños del sitio, para indicarme mímicamente que parara de andar, en el acto. ¡Vaya si me paré!
- ¡Es aquí! Mire, háblele y verá como no le contesta.
"Háblele y vera...". Pero este tío tenía el corazón de hielo. Si iba a ser verdad que me tenía que dirigir a un muerto, lo que menos me parecía la situación era de natural.
Sí, el hombre estaba allí. Me quedé absorto en la contemplación del cadáver, un poco maduro aquél y medio calvo. Entonces, de súbito, mi corazón se desbocó y todo mi cuerpo comenzó a temblar indecorosamente. Un impulso incontenible me llevó a gritar histéricamente. "¡AAARRGGHHFF!”.
- Pero oiga, ¿qué le pasa a Vd.? ¡Se ha vuelto loco! - Me dijo mi enigmático compañero, apretándome de una forma ostensible su manaza contra mi clavícula.
- El que está loco sin duda es Vd. -grito yo-. ¿Por qué me ha tocado el hombro?, !eh¡, !eh¡, ¡eh!
- ¿Qué se pensaba?, que venía el muerto por detrás. Ja, ja.
Lo cierto es que la postura que había adquirido el cuerpo, en su supuesto sueño, podría pasar por incómoda, si fuera más de cinco o seis minutos. Era una postura despanzurrada; boca arriba con el cuello torcido hacia la izquierda y una abertura de piernas demasiado pronunciadas. Ahora comenzaba a comprender la situación del enterrador. Si yo hubiera descubierto el cadáver no desearía estar solo bajo ningún concepto; quizá por unos motivos diferentes a él, pero quién niega la gran alarma que puede transmitir al estar en soledad con un muerto. Le inquirí:
- ¿Qué quiere que hagamos? Vd. que lleva más experiencia en sus huesos. Ejemm.
- Muy gracioso. Lo mejor es comprobar definitivamente su muerte y después buscar apresuradamente al revisor. No tengo noticias de la actuación que se hace en un caso así, pero él debe saberlo. Uno de los dos debería buscarlo y el otro hará guardia aquí. ¿De acuerdo?
- Entonces, ¿vamos a entrar ahí?
- Llámele Vd. si quiere a ver si viene. Parece tonto, amigo mío. O eso, o esperar al revisor.
- Eso, eso, vamos a esperarlo.
- Y si no aparece, ¿¡qué!?, le gustaría que lo trataran a Vd. así. Tirado como un perro.
El poder de convencimiento de este hombre es, desde luego, de lo más pesado y real que existe. Por un momento me vi en tan lamentable situación y se me puso un gran nudo en la garganta. Había que entrar, sin lugar a dudas.
- Bien, abra la puerta. - Exhorta él.
- ¿Oiga y por qué no lo hace Vd.?
- Necesito su inocente confirmación ¡Vamos abra de una vez!
Abrí la puerta con decisión pero con reparos, muy despacio. El enterrador se situó detrás de mí, y apoyadas sus manos en mis hombros, como para darme ánimos, que los necesitaba, o para empujarme a realizar la acción sin remisión. Lo hacía a golpecitos, el tío. No creo recordar haber pasado más incertidumbre en mi vida, por lo menos que yo recuerde, desde mi infancia. La cara del viajero se iluminaba y apagaba conforme el tren sorteaba obstáculos que se interponían entre él y el exterior. El cielo estaba despejado y la luz de la luna sembraba de trasluces todo el paraje. Giré la cabeza, con el fin de recibir alguna nueva consigna de mi improvisado jefe.
- Háblele hombre. - Sonó su voz autoritaria, tanto como para repercutir en los entresijos de mi cerebro. Dudé y más dudé; ¿qué se le dice a un posible muerto? Noté un ligero apretón en mis hombros y un movimiento frecuencial en todo mi cuerpo. El gigante me estaba moviendo por entero.
- ¡¡Chist, chist!! - Repetí mirando al sentado, cuya cara era completamente blanca-. Chist, chist..., oiga.., oiga... Feliz..., feliz, Nochebuena.
No me podía creer que hubiéramos encontrado un muerto en el tren. Desde luego me hizo reflexionar -lamentablemente para el hombre, pero fue así- durante unos segundos, sobre la fugacidad de la vida física. El enterrador tumbó la figura en posición horizontal y con los brazos cruzados; ¡qué experiencia la de este tipo!, abrió los párpados del muerto unas cuantas veces, a la vez que le palpaba por la zona de la yugular.
- Efectivamente, lo que pensé desde primer momento. Ha sufrido un infarto repentino. Una angina de pecho, amigo.
- Pobre hombre. Aquí tan solo. ¡Qué desgracia!
- Seguramente haya muerto por eso. Por haber estado solo. Vamos a ver cómo se llama, antes de taparle la cara y buscar al revisor.
Entonces en un movimiento brusco del tren, al probable paso por unos cambios, se descubrió un brazo del muerto, con su fría mano se aposentó en la rodilla del enterrador, el cual se había sentado enfrente. Éste, al notar la fría mano, y seguramente en un acto reflejo, pegó un salto para ponerse de pie a la vez que soltó un ahogado grito, llegando a chocar con la cabeza en el mástil del maletero y cayéndose al suelo en redondo. Acción que me llevó a mí, a su vez, a gritar desconsoladamente al ver abalanzarse de esa manera el pedazo de cuerpo, de ese nuevo compañero de aventuras que, por gracia y obra de la situación y, cómo no, del destino, me había tocado en suerte. También debo reconocer que mi corazón sufrió una gran taquicardia. El enterrador cayó al suelo desvalido y en una postura tan rara que, para un tío de su estatura y corpulencia, parecía haberse tronchado. Por un momento, llevado por mi nerviosismo, miré y pensé en la triste desgracia que acababa de sufrir la barra del maletero. Si ese cabezazo se lo da a una marquesina de escayola o madera es seguro que la tira. Pobre enterrador, ¡qué pedazo de golpe! Casi se suicida, él solito.
Al instante se reincorporó, como si la Estatua de la Libertad andara para darse un bañito. La decisión de quedarnos esperando al revisor en la ventanilla del pasillo, sita junto al compartimento 46, nos convenció a los dos nada más proponerse. El enterrador, con su resaca de mareo, y yo con mi miedo habitual ante este tipo de circunstancias, nos estábamos haciendo exquisita compañía.
- Mira muchacho, dentro del hombre grande que ves, hay un artista, un manitas de la carne humana. - Comentaba él, mirando al frente.
- No sé cómo puede Vd. utilizar esa expresión con un hombre muerto, ahí adentro.
- Los muertos..., muertos están. A mí me deben tantos favores ellos que me perdonan, sin duda, mi lenguaje directo y realista. Los que no perdonan son los vivos. A éstos son a los que hay que vigilar. Todos, algún día, acabaremos como el señor de ahí. ¿No le parece que hemos hecho algo importante? Nos hemos preocupado de alguien que ha dejado de habitar este mundo. La condición humana nos lo exige así. Debes saber que una de las características primordiales del ser humano es la de enterrar a sus muertos. Claro, cuando se le tiene una consideración a la vida, así como a la muerte; si no, se actúa como un animal irracional y puedes acabar tirado en cualquier lugar. Sin embargo, a este señor se le ha considerado como ser humano, así que... hijo, debes de sentirte orgulloso por estar haciendo esto.
- ¿Sabe?, está Vd. hecho un filósofo y además, su aspecto no le acompaña, ¿lo sabe?
- Claro que lo sé, claro que lo sé, muchacho.
Por fin apareció el revisor, unos cinco minutos antes de llegar a la estación de Linares-Baeza. Le contamos lo sucedido e inmediatamente entró en el comportamiento para comprobar nuestro relato. Una vez hecho esto, salió y nos dijo que deberíamos esperar en la estación a la confirmación del caso probable de infarto por un Juez de Guardia, para tomar nuestros datos personales y declaración. Nos dio las gracias por haberlo estado buscando. Perdimos alrededor de cuatro horas en las diligencias. Éstas fueron amenizadas con unos tragos de aguardiente que nos iba proporcionando el revisor, a ráfagas.
Quedé en visitar al enterrador en su ciudad residencial, con la expectativa de pasar una larga velada relatándome anécdotas de su oficio, a fin de que sacara más de un cuento con ellas. Y yo le prometí escribir un relato sobre lo sucedido, en ese día de Nochebuena.
Arrancó el taxi que la RENFE dispuso para ambos. A los demás, ya les continuó su viaje en tren. Ahí acabó, sobre todo terminó para el difunto, que, por desgracia, no cogería nunca más transporte alguno. Luego sólo tuve que concentrarme unos minutos para echar una cabezadita.
3
Aunque seguía siendo una Nochebuena triste, yo me sentía más contento y más humano.
Y Juan Oscuro, el Enterrador, me hizo capturar que la sabiduría y la solidaridad no saben de apariencias. Nos despedimos con un abigarrado abrazo. Continué sólo con el conductor del taxi y a ciencia cierta de que volvería a contactar con un tipo bastante menos siniestro que algunos políticos de traje blanco.

martes, 15 de diciembre de 2009

...LOS JÓVENES SON ESTUPENDOS...

El otro día me hallaba esperando un autobús a media tarde. Me trasladaría al pueblo de Maracena, en las afueras de Granada, con una certera ilusión por desarrollar mi programa de radio semanal, EL ALTERNE, en la emisora oficial del ayuntamiento de dicho municipio. La espera estaba resultando de lo más agradable mientras pensaba en la introducción que haría al conectar los micrófonos cuando ante mi vista dos jovencitas y un jovencito, de unos 14 años todos ellos, se apoyaron en la marquesina de la parada del BUS y comenzaron a tirar las cáscaras, de las pipas que se estaban comiendo, al suelo. Los miré fijamente con ánimo de reto pues disponían de una papelera a menos de un metro de su posición. Observé que les daba todo igual, y al cabo tuve una experiencia cercana con dos niñas que también tiraban las cáscaras a la acera y les referí en aquella ocasión que si eso es lo que les enseñaban en el colegio y una de las niñillas me miró con descaro y peló una pipa y me la tiró en dirección a mi pie y me percaté que, debido a la chulería de ambas, lo mejor era dejarlo correr y que de mayores se las harten a joder ya que sospeché que de decirles algo más me complicaría la existencia, digo que en ese preciso instante y rodeado de viajeros no quise callarme y les expresé mi malestar y que utilizaran la papelera recibiendo por toda contestación una indiferencia considerable, y poco tardaron en marcharse.
Una hembra algo más joven que yo, de unos cuarenta años, pasó por delante de mis ojos para depositar una colilla de un cigarro en dicha papelera. Le ofrecí mis respetos, le hizo gracia, por lo que entablamos conversación sobre el civismo ciudadano y la educación juvenil de antes y de ahora, y lo maniatados que nos deja la Ley de Protección del Menor.
El tránsito de personas era considerable y poco tardó la papelera en aparecer de nuevo en mi vida, como protagonista una chica, de unos dieciséis años más o menos, que tiró la colilla de su apurado cigarro justo al lado del utensilio. No me contuve y le regañé el gesto: “oye, si es que te cuesta menos trabajo alargar la mano y tirar el cigarro al cenicero de la dichosa papelera que al suelo, hija…”; y, cómo no, me replica: “a ti que te importa”. Me hubiera gustado decirles algo a sus padres de inmediato.
Cruzamos miradas compinchadas, ahora, la mujer que sí utilizó el cenicero y éste que relata. Quise dar el paso para iniciar una nueva conversación con ella pues me había atraído en el acto y solté: “¡Vaya!, algunos son niñatos de mierda”. Escuché una voz por detrás con mucha vehemencia: “¡Oiga!, los jóvenes son estupendos”. “Sí, lo sé abuela, pero algunos son unos niñatos de mierda”. Mi reciente compañera me dio la razón. Al rato nos despedimos, no sin intentar mi menda ligármela. Mas, daba la sensación de estar felizmente casada. Después, al despedirnos me comentó que intentaría prestarles más atención a sus hijos adolescentes.
Llegué a la emisora y a la hora de emitir fracasé. La tecnología no me acompañó en esa ocasión. ¿Sería por el disgusto que me llevé con los menores de edad? Claro que algunos menores se comen las hamburguesas de un bocáo y se inflan a fumar canutos y beber alcohol los sábados, si es que acaso no acaben pegándole a los profesores y a sus madres.
En ocasiones: es un gran consuelo estar, o ser, soltero.
SUERTE.

viernes, 4 de diciembre de 2009

un SMS caprichoso

Paco se encuentra de viaje de vuelta hacia Madrid; procedente de Granada, donde arribó por motivos laborales. Retorna extremadamente preocupado, algo insólito le ha ocurrido. Recibió un extraño SMS cuando paseaba por la calle Camino de Ronda, magníficamente adornada con motivos navideños. Él es madrileño de nacimiento pero con un fuerte arraigo sobre la capital andaluza donde pasó años de joven y allí conoció a su primera novia. Ambos se desvirgaron recién acabada su adolescencia. Ella siguió residiendo en Granada y él retornó a la capital de España, una vez concluidas sus respectivas carreras...
Ahora está felizmente casado y es padre de dos chavalitos.
Volver allí para pasar un par de días de duro trabajo bien podrían convertirse en cuatro o cinco sin levantar sospecha alguna. Debe revisar la maquinaría para alquilar al ayuntamiento cuyos funcionarios la utilizarán para realizar las obras del futuro metropolitano que atravesará la ciudad.
Contactó con su antigua novia, Inmaculada, por casualidad, ya que ella llamó a un programa de televisión en el que intervenía para criticar las constantes obras que maltratan las ciudades. Telefoneó al programa y dejó su número de móvil para que se pusiera en contacto con ella, si lo deseaba.
Lo deseó, vaya si lo deseó.
El paseo que comparten los dos les reporta sensaciones extrañas pero muy reconfortantes. Los transporta veinte años atrás donde el aire de mocedad y pasión los llevó a hacer el amor en los parques más de una vez. Inma está también dichosamente casada. Se olvidaron por la distancia, sólo.
La tensión sexual crece entre ellos, entre escaparate y escaparate. En algún momento se han cogido de sus manos y liberan una sonrisa cómplice.
Observar Sierra Nevada pletórica de blancura les va incitando a abrazarse.
Entonces suena el teléfono de Paco. Es Lolo, un amigo algo cercano que se acaba de echar, que necesita charlar con él sobre cierta partida de Mus (naipes) que se está gestando. Atiende la llamada bajo la tentadora mirada de la mujer. Los chicos intercambian frases cordiales sobre Granada y Madrid, ya que Lolo también la conoce sobradamente y visitó La Alhambra en alguna ocasión. Le dice que no te emociones mucho, tronko, que tendrás que volver. El amigo piensa que está allí solo. Le agradece la escucha y lo conmina a retomar el tema varios días después. Adiós, chaval, y que disfrutes. La reiniciada pareja sigue deambulando por las frías calles.
Y ocurrió. Lolo dispone de dos teléfonos, uno personal y otro de empresa. Este último está “capao”, es decir solamente sirve para emitir llamadas laborales y mensajes SMS generales. La llamada anterior es reconocida por Paco ya que ha sido de particular a particular y la tenía memorizada. Lolo decide ahorrarse el dinero del mensaje a enviar y agarra el móvil de empresa para escribir: “De Madrid al Cielo pero pasando por Granada para pensárselo bien”. Paco recibe el SMS y no reconoce al titular.
¡Madre mía!, y ahora… ¿¡quién será!?, ya me han pillado con Inma. Verás cuando se entere mi mujer. ¡El divorcio!
No se atreve a contestar el mensaje, no vaya a ser…
Ella le expresa que se ha puesto coloráo como un tomate y que le tiembla el pulso y cuando lee la frase también se “acojona”.
El romanticismo se ha marchado tan lejos como sus juventudes.
Durante el viaje de vuelta él repasa su vida al completo. No sabe qué cara poner cuando vea a su mujer. Lleva muchas horas sin dormir.
Al fin, Lolo reacciona, sospechando que al no recibir contestación es que Paco no reconoció su número, y le envía un nuevo SMS, aclarándole la cuestión del doble teléfono móvil con el que se maneja, 48 horas después.
Paco respira profundamente mientras se caga en todos los muertos de su reciente amigo; al leer el caprichoso mensaje, ya muy aliviado.

lunes, 2 de noviembre de 2009

DOS PUNTOS MUY COLORAITOS

El calor nocturno se hace insoportable, las sábanas se pegan al cuerpo y todo él se mantiene sudoroso con ahínco en la frente. Deben ser las dos de la madrugada y el termómetro debe de marcar casi cuarenta grados. Creo que estoy durmiendo a intervalos de minutos, tres dormido y tres despierto, ya no sé si sueño o no. En otras ocasiones de insomnio una masturbación me ha ayudado pero con este bochorno esa posibilidad desaparece. Me limpio el sudor de las cejas y párpados con la almohada, irritando los ojos de paso. Apenas veo nada entre la poca claridad y ese dichoso gesto. De repente algo llama mi atención en el umbral de la puerta, es una sombra que quiere conformar una figura humana, a la altura de la posible cabeza dos puntos muy coloraos, del tamaño y situación de pupilas, no cejan en su parpadeo y movimientos oscilatorios, me están observando los hijos de puta. No hago caso en un principio, son mis tres minutos de sueño, pero un golpe de tos me indica que vivo en el otro intervalo de tiempo, de modo que estoy despierto y la sombra parece estar más cerca, con esos ojos rojos que parecen acostumbrados a la oscuridad, así que intento levantarme para confirmar lo que allí parece haber, pero no puedo, me cago en todos sus muertos, soy incapaz de levantarme de la cama, ¿por qué?, el monstruo me ha debido de inmovilizar y ahora los puntos rojos son enormes y los noto muy cerca. Mis esfuerzos son increíbles físicamente para poder reincorporarme, me duelen todos los músculos, mi espalda parece soldada al colchón, el engendro se acerca más y yo no puedo ni siquiera salir de la cama, creo que del esfuerzo se me ha dislocado la columna vertebral, así que me preparo para lo que parece irremisible…
Despierto con un grito gutural y agónico y cuando me estoy percatando de la realidad ya he cerrado la puerta de mi habitación sin fijar la vista y me vuelvo a acurrucar en la cama temblando de miedo y sudor y sabiéndome a sacrificio que la temperatura del dormitorio subirá tres o cuatro grados más.

jueves, 15 de octubre de 2009

EN UN LUGAR DE LA MENTE...

En un lugar de la mente
de cuyo sitio no logro acordarme
hubo una vez:
valiente aventurero,
de un tiempo alocado,
incansable guerrero,
el eterno enamorado,
y maestro refranero
que habitó mi mocedad
durante tiempo apocado.
El dios Cervantes quiso
con sabios plumazos
un héroe quimero
y entregó todo su arte
en hacerte caballero
con el triste Rocinante
e inflado Sancho, el escudero.
Adiós, Amadís andarín
que Dulcinea del Toboso
ya espera a su amante.
Alonso Quijano, !qué loco¡,
mesías de los concupiscibles
gran conquistador mundano
este mundo el nuestro
no estaba para ti
del todo preparado.

lunes, 21 de septiembre de 2009

UN BESITO, A TRES, CAPRICHOSO

El joven matrimonio sin hijos y su amigo, soltero él, rondaban la treintena de años. Ellos eran conocidos de jovencillos y al poco tiempo de casarse la parejita la mujer y él también se hicieron buenos colegas.
Se fumaban algún canuto que otro, en sus salidas siempre en pleno tiempo de ocio, entre caña y caña y con conversaciones nada profundas en las que casi siempre salían mal parados todos los tíos en boca de la mujer a la quinta o sexta cervecita. Con los cubatas la discusión era segura.
Un día cuando el marido trasladó su cuerpo al cuarto de baño de un PUB, en una borrachera llevadera, ella le metió mano al paquete del amigo para enseguida reírse y echarse a bailar. A partir de ahí la tensión sexual reprimida entre ambos tenía las horas contadas. El amigo, por su parte, le palpó el paquete al marido, nada más volver del baño, mientras le contaba un chiste tocacojones, nunca mejor dicho, en una especie de redención por remordimientos siendo observados por la mujer, que agradeció el gesto.
Los tocamientos de ella al paquete del amigo sucedieron alguna que otra vez. Además en otra ocasión el marido le contó el mismo chiste tocacojones al amigo, como si no recordara que ese gesto ya había surgido con anterioridad, y le tanteó sus partes nobles.
Que el amigo se quedara a dormir en casa del matrimonio en la habitación de invitados había ocurrido en un par o tres de ocasiones.
Y llegó el dichoso beso.
Alrededor de las tres de la mañana el amigo nota como alguien trata de arroparlo y al sentir esa boca tan cerca de él y harto de reprimir las ansias de hacer el amor con ella en un estado semisoñoliento agarra la cabeza y acerca los labios a los suyos y le propina un beso con lengua, un muerdo. Sigue durmiendo con incertidumbre e ilusión y muy bien arropado, aunque con un gustillo raro en la boca.
A la mañana siguiente, en pleno desayuno de café y tostá, el amigo y el matrimonio cruzan miradas cómplices entre los tres, a fuego cruzado.
Ese beso fue el principio del fin de su relación.
Primero que el amigo pensó que ya tenía abiertas las puertas del amor con ella; y en un trío amoroso acaban perdiendo todos, casi siempre.
El marido pensó que podría fornicar, pero con él.
El beso había unido a los dos hombres a las tres de la madrugada.
La mujer rechazó al amigo cuando aquél le entró para acostarse con ella sin borrachera de por medio, y adujo que no sabía nada de beso alguno.
Y el marido le entró para repetir beso al amigo en plena borrachera, esa misma noche, y fue rechazado. Algo que no entendió del todo.
Sin cruzar palabra los tres decidieron que seguir juntos sería catastrófico y fueron alejándose en sus contactos cada vez más.
Hasta no volverse a ver.

viernes, 4 de septiembre de 2009

NADIE ADVIERTE SOBRE EL AMOR

Persiguió a su amor acorralándolo, pensando que tenía todo el derecho por el simple hecho de amar, asediándolo, creyendo que su amor le pertenecía, por el simple hecho de amar, agobiándolo con chantajes emocionales, a su amor, viviendo sus pensamientos sin conocerlos, recriminándolo, sin pudor, por no corresponderle en su medida, espiando su vida como si le perteneciera, por el simple hecho de amar, obligándolo, a su amor, a corresponder, valorando que se lo merecía, por el simple hecho de amar.
Nadie advirtió a esa persona que el amor no está obligado, no pertenece a nadie y que tiene vida propia, que al amor se le conquista con amor y no con razones ni estratagemas ni celos. Y ahora ya no lo reconoce.
Esa persona pudiere estar tan cerca de ti que te esté fagocitando.

martes, 25 de agosto de 2009

PEPE, PEPA Y JOSE

Un cortés aroma a café espesito atraía las glándulas olorosas de Pepe. Su atenta mujer se lo servía con un semblante risueño. Algo que no era habitual en los últimos meses. Pepe decide tomarse otra taza y así lo comunica.
- María. Ponme otra.
Lo hace recalcando la mirada en una pegatina que observa pegada en la puerta de la nevera. A él no le suena de haberla visto por allí. Era el nombre de ella, conformado en una flor.
Pepe gira la cabeza y se fija en el zizzagueoso paso de su compañera.
Ella es de andares exquisitos. La noche anterior estuvieron haciendo el amor durante un buen rato. Un polvo con tesón. Pepe lo tiene para todo. Y ella para ciertas cosas. El café vuela, de nuevo, hasta el rincón de la mesa de cocina.
Él se comienza a fumar otro cigarrillo.
Ella no lo mira cuando le sirve la taza. Anoche, a última hora, sucedió algo causal. Un tema le tenía sobrecogido los nervios en la boca del estómago, y sospecha que a su marido también.
Es algo que la hace refugiarse, aún más, en ese halo de tranquilidad que debe rodear a cualquier matrimonio normal. Ocurrió al termino del pasional acto sexual que cumplimentaron justo después de una película en la tele. Fue un pequeño desliz, de esos que el subconsciente nos brinda siempre en el peor lugar para el caso, el muy jodido.
Pepe se toma tres tazas seguidas y no para de fumar
Ella no quiere sentarse con él, como lo hubiera hecho con la cotidianidad. Esquiva su mirada. Llevan diez años casados y no tienen hijos.
Pepe acabó con los cafés y, coge, se empina, la botella de ponche y enciende otro cigarrillo. Ella continúa limpiando la salita y repasando los ceniceros como si alguien se estuviera fumando en esos momentos un tremebundo puro cubano que desbordara la ceniza. Pepe acaba con la botella de ponche en menos de veinte minutos y llama a su mujer.
- ¿¡Quién es Jose!? - Le dijo vehemente, a sabiendas de que esa pregunta no la habría dejado dormir, aun sin habérsela propuesto hasta ese preciso momento.
Ésa había sido la promesa horas antes.
- Déjame dormir, no sé qué dices...hummm... mañana.
Él decidió dejar el tema para otro momento. Una terrible eyaculación le había pasaportado al mundo de los sueños. Ocurrió después de haber oído la palabra Jose, un par de veces. Así lo llamaba ella de novios, cuando esquivaba el arrebato sexual de él, y lo consolaba con una masturbación esporádica detrás de la planta alta que adornaba el portal donde residía con sus padres.
Anoche su mujer le hizo una mamada final y la pregunta quedó en el aire.
Y el sueño en la cama.
Ahora ella comprende que hay ciertas cosas del corazón que el cerebro humano nunca debe saber. Y ciertas cosas de la pasión que un marido nunca debe conocer.
A eso, algunos, lo llaman incompatibilidad.
- ¿¡Quién coño es Jose!? - Repite el marido con el aliento nepaloso.
Él es un borrachín empedernido, camuflado al amparo de otros tantos como él. "¡No!, pero fulano sí que bebe y es peor".
Dejó de llamarse Jose hace un montón de años, justo, cuando los compañeros de la obra lo rebautizaron. Ahora es Pepe y así lo ha llamado su mujer en los últimos años. Jose y Pepe.
El consciente cognoscitivo en constante lucha con el inconsciente concupiscibo; que no puede evitar que lo físico termine por dominar a lo moral, explican otros.
- ¿¡Quién es Jose, ...cabrona!? Te crees que soy tonto o ¿¡qué!?
Pepa se refugia en el cuarto de baño. Tiene un cuerpo exquisito. Eso siempre ha mantenido a JosePepe con un ramillete de celos, colgándole de la chepa, desde que la conoció. Lleva reprimiéndoselos tantos años que ya no lo soporta.
Entonces, a los pocos segundos vuelve a abrir una nueva botella y vuelve a mirar la pegatina de la nevera. Y vuelve a beber con ansia.
No es la primera vez que él bebe sin mesura y ella lo sabe, y se encierra en el baño bajo llave. La pregunta le retumba en los tímpanos como aquella bofetada mal dada de aquel profesor hijoputa. Jose y Pepe y Pepa.
Una pegatina sátrapeando el centro de la puerta de la nevera.
A él no le gusta como le llaman. Pero ya se había habituado a ser Pepe.
Entonces su mujer lo llama Jose. ¡Anda!, ahora a qué viene ese nombre, no te jode. Sigue bebiendo. De repente chilla:
- ¿Por qué no me llamaste por mi nombre?, ...desgraciada.
Brrruuuppp.
La mujer le da la réplica y le grita que ése es su nombre, ¡idiota!
Y PepeJose le besa el culo a la botella de ponche. Se la acaba. Comienza a ingerir cerveza y el estómago termina de revolvérsele. Se dirige al baño raudo.
Él siente una necesidad imperiosa de expulsar todo elemento ajeno a su organismo. Pero no puede expulsar a Jose. Y Pepe echa el bofe en la misma taza del water que más adelante ella tendrá que limpiar, y le abre la puerta y sale a saltos de allí con un mínimo planteamiento metafísico, sí, sobre que la vida es una pota mal echada.
Y PepeJosePepe le chilla, entre insultos y amenazas, que le diga, ya de una puñetera vez, lo que desea saber. Y termina de evacuar por la boca una maloliente masa semilíquida con un horrible sabor a café, castigado por los demonios elaboradores del ponche. Y grita:
- ¿!Quién cojones es ese Pepe¡?, malaputa...brrruuuppp.
- ¡Pero si eres tú, loco! Estás jodido y me estas amargando la vida.
Se oye la voz de su mujer, ecoagónica.
A él se le queda la lengua pegada en el paladar antes de darse un morrudo batacazo contra la plaqueta imitación de mármol del suelo de su cuarto de baño.
Y Pepa, la mujer de Pepe y amante de Jose, no pierde tiempo alguno para quitar la pegatina de la nevera, ésa que le ha regalado su tendero.
Ella recuerda el día de su boda y fantasea con el día de su divorcio.

lunes, 10 de agosto de 2009

SE DICE EL PECADO NO EL PECADOR

Esta frase puede interpretarse de dos formas: cuando se oculta la persona que nos informa de algo que ponemos en relevancia o cuando relatamos un caso esperpéntico, cruel o humorístico y deseamos ocultar al protagonista del evento.
Es un dicho que para algunos gusta de conceder el rango de precepto. Son los cotillas y los tocacojones profesionales. Sólo lo debiera ser para los periodistas intermediarios de la información necesaria para que el Estado de Derecho funcione mejor para todos y los canallas sean descubiertos por los ciudadanos anónimos, siempre con las fuentes (de donde procede dicha información) bien contrastadas, claro, y dispuestas a testificar ante un juez si hiciera falta.

Esto sería lo serio y formal del asunto.
Pero hay un caso en el que se utiliza, para mi en plan cobarde, con la intención de hacer público un acto que al parecer hayas protagonizado tú (este tú es el que nos engloba a todos) y que se te comunica en un momento en el que tratan de joderte. Me explico un poco mejor: te exponen una acción tuya que dan por buena y/o válida sin haberla contrastado antes contigo en soledad, y han creído al primer comunicador del hecho a pies juntillas. Es decir, creen la noticia, sin duda por ser un hecho chungo y que te perjudica, y te lo CUENTAN a ti como si estuvieran en posesión de la verdad fiándose de otra persona que, según el que utiliza este método, ha hablado de ti. Y una mierda para todos los que lo utilicen. En este caso, cuando te digan “es que se dice el pecado y no el pecador”, porque supuestamente están protegiendo a alguien y te impiden a ti un careo con dicho individuo, lo lógico, digo yo, es pensar que la información parte originalmente de quien te la está comentando, mientras no revele a su confidente, y refrendarle claramente, si es mentira como si no, que te está provocando y creándote una difamación. Vamos, intentar desarmarlo.
Creo que está bien claro. Si alguien te acusa de algo porque se lo han contado y no te ha dado la oportunidad de obtener un careo con el contador y tampoco te lo ha confesado a solas con preocupación por si fuera verdad lo que pretende en verdad es desarmarte a ti y/o abochornarte.
Se convertiría, pues, en tu enemigo.
Así lo estimo yo.
SUERTE.

lunes, 20 de julio de 2009

TE TENGO GRABADO EN MI

Pronuncié tu nombre sin poder evitarlo. Hacía el amor con mi nuevo amante y ocurrió. Él te conoce de vista y sabía de lo nuestro. En alguna ocasión te utilicé para regalarle unos pocos de celos y motivarlo para que me prestara más atención. Pero la otra noche en el asiento de atrás de su deportivo cuando llegué al orgasmo le susurré tu nombre al oído. Me ha dejado. Cree que seguimos juntos en ocasiones. Qué tonta fui. Me gustaría contártelo en persona para que me razonaras la situación.
Sé que es imposible.
Rememoraba el momento que tu amigo nos dejó solos en su bar de copas para que lo limpiáramos mientras él llevaba a una chica a su casa el día que nos conocimos tú y yo. Me gustaste desde el primer momento y por tu forma de mirarme me deseaste nada más besarme las mejillas al presentarnos. Todo fue una mema excusa con la que todos estuvimos de acuerdo para poder quedarnos a solas y aprovechar el ímpetu de una noche ociosa. Barrimos y fregamos al amparo de una melodía romántica y como compañero común unos grados sobrados de alcohol.


Bailábamos muy juntitos cuando me besaste en los labios, cuando detectaste mi excitación y yo palpé tu abultado paquete. Tenías el pene tan duro que parecía querer romperte el pantalón. Mis braguitas estaban tan mojadas y calientes que sólo me causaban malestar. Te diste inmediata cuenta y me apretaste contra tu cuerpo con tal poderío que me convenció para dejarme arrastar por ti y que me follaras cuanto quisieras. Me tocaste el clítoris por encima de las bragas las que retiraste bruscamente y me ahondaste dos dedos en mi coño mientras que con tu otra mano me oprimías las nalgas metiéndome un poco un dedo por el culo que me hizo gemir. Nuestras lenguas se unieron con fervor mientras nos magreamos intensamente.
Me cogiste en peso y me llevaste a la mesa de billar, apartastes las bolas y los tacos de un manotazo y me tiraste, sí así fue, encima del tapete boca arriba. Me chupaste toda mi piel con gran dulzura y fuerza. Me desnudaste. Te tumbaste a mi lado y antes de que me penetraras te chupe la polla diría que con amor y mucha pasión. Después follamos durante más de una hora.
Evoqué tu nombre. Él se apartó. Arrancó el coche. Y adiós.

lunes, 13 de julio de 2009

A MEDIA TARDE, AL AMPARO DE UNA "PILLESKA" VISITA

Fonsy se encuentra en su casa de alquiler, muy impaciente. Allí habita, repartidas las estancias, con otro compañero. Espera la llegada de un conocido con el que apenas coincide y al que le ha solicitado un encargo por teléfono. La visita le venderá un pequeño cargamento de costo para que lo reparta entre su gente. La visita se llama Tato y ha llamado exponiendo que va a llegar tarde.
A Fonsy el timbre lo sorprende, cuando escucha una de sus músicas favoritas, en esos momentos; ahí aparece Luisy, chaval con el que comparte el apartamento desde hace pocos días. Son jóvenes e ilusionados.
Luisy mira a Fonsy y éste le devuelve una mirada acogedora.
Ellos, de vez en cuando, se fuman unos canutos juntos.
El recién llegado ha olvidado las llaves y no sabe dónde.
Fonsy le informa de la visita que espera, que si quiere ser participe de esa jugada. Luisy dice que sí. Da la sensación de ir colocado.
Siempre están agradándose.
Fonsy agarra otro CD, en esta ocasión de Presuntos Implicados, y lo instala. Mientras, Luisy busca sus llaves por todos lados y en uno de los movimientos se pone en pompa para acceder con claridad a la parte misteriosa del sofá donde sospecha las encontrará.
Fonsy lo mira con los ojos saltones, pues a su compañero de piso se le comienza a entrever la raja del culo y gran parte de los glúteos.
Llaman a la puerta, ahora con intervalos de menos de cinco segundos cada vez. Fonsy abre, al fin, y resulta ser la visita que esperaba.
Sí, es Tato, el camello.
Se saludan con un golpe de hombros que propicia el recién llegado.
Tato porta una cinta en la mano de Tahures Zurdos que le acaban de grabar en la visita anterior, de la que llega de cumplir un encargo. Se la han regalado. Reclama la atención en la puerta a su colega propinándole un par de palmaditas en la cara, y pasa decidido para dentro. "¡Coño qué buen pisito que te has montado!", le dice Tato a Fonsy y le pasa la cinta para poner musiquita bien alta. Por poco le hace un moretón en la palma de la mano. "Vamos a ver cómo ha quedado que está calentita, dale caña al mono, chavalote, que está todo muy mal tronko, por el mundo y sus alrededores", argotea el recién llegado. Hay que pinchar a Tahures Zurdos y retirar a Presuntos Implicados, es una certeza general.
Luisy, a lo suyo, sigue buscando sus llaves debajo del sofá, ya cada vez le queda menos resuello. Tato lo vé ahora y se le abren los ojos, como si hubiera oído hablar a un perro. "¿¡Quién es este mandril, colega!?", le espeta, y mira a su amiguete con una sonrisa cínica en los labios. "Sólo le falta tener el culo colorao", insiste, mientras saca la pelota de hachís y la deposita encima de la mesa. Saca también otro cacho suelto y le propina un pequeño bocado, con la clara intención de invitar a fumar a la concurrencia.
Comienza a sonar la guitarra eléctrica de los rockeros, los Tahúres…
Tato piensa que la música melódica que escuchó nada más entrar es para hacer el amor con una chavala en la cama.
Los trapicheos necesitan dureza y rapidez.
Luisy ofrece la raja del culo cada vez más, hasta el potroso punto.
Tato lo golpea en un cachete y le salpica: "¡vamos hombre, mannndríiiil!", aunque Luisy está demasiado concentrado en sus llaves; ahora parece ensimismado, aturdido y algo asustado.
Fonsy no recordaba el carácter de Tato, agravado en los últimos tiempos, y decide concluir la historia cuanto antes para que se marchara rápidamente, hasta una próxima ocasión, de modo que le recoge la mercancía y le devuelve la cinta con celeridad.
Tato, siempre con prisa, le conforma la historia. Se despachan.
Tato pasea sus botazas por el pasillo, mientras cuenta el dinero y se aleja hacia la esquina despidiéndose con un gesto manual. Fonsy cierra la puerta y se encamina para ayudar a su compañero, del que sospecha se ha quedado atrapado en una situación delicada. Ahora le observa el culo al completo, lo tiene muy liso, blanquito y respingón.
Fonsy no puede evitar sufrir una erección que le confunde sobremanera; entonces, él decide poner música romántica de nuevo, disimular el bulto en su entrepierna, y ayudarle con el mayor de los encantos a Luisy, su amigo.
Desde el principio se han estado agradando.

domingo, 5 de julio de 2009

SÓLO SUELO

Suelo.
Ni nada más
ni nada menos.

Con eso me debe bastar.

Y procuraré aferrar mis pies
con cuerpo enhiesto
frente bien erguida
mirada lúcida
pensamiento álgido
corazón caliente
y el alma firme.

Suelo.
Ni nada más
ni nada menos.

Con eso me ha de bastar.

viernes, 19 de junio de 2009

EL BAUTIZO DEL "GÜEVOS"

Él deambulaba por su pueblo natal buscando la oportunidad de tomarse un vinillo que no estuviera fresquito. Él era conocido por su temperamento, por ser un tanto borrachín, y por sus dichos peculiares que eran una mezcla de refranes solapados por semántica y lingüística tan personal como graciosa (que será detenidamente reflejada en más de una ocasión venidera).
Pues bien, el médico vecino del personaje le reclama atención diciéndole: "parece que andas un poco con las piernas separadas", sin poder precisar con qué intención. Él replica:
- Es que tengo los güevos muy gordos.
- Pero, con "h" o con "g". - Insiste el médico.
- Con "g" y con diéresis, tonto la polla.
A partir de ese momento pasó a llamarme el "güevos" para casi todos.

viernes, 12 de junio de 2009

SOBRE REFUGIOS VARIOS

La vida acaba por refugiarse en la muerte, nuestro amor en el roce y el cariño, los miedos en las risas, el niño en los brazos de su madre, el simple en lo cotidiano, los escritores en la escritura, pero y la pureza ¿dónde se refugia la pureza? La soledad lo hace en la tranquilidad, la luna en la noche, el rico en su arca, los náufragos en su esperanza, los mendigos en la botella, la mar en su bravura, pero y nuestra alma, ¿dónde refugiaremos nuestra alma?

domingo, 7 de junio de 2009

EL GAY SABER

Decidí acercarme hasta el Retiro a darme una carrerilla para entre descanso y descanso sentarme a leer un ratillo, a mis treinta años, allá por mediados de los años 90.
En aquel momento elegí un libro de Friedrich Nietzsche, que previamente había conseguido en la Biblioteca Pública sabiendo que algunos de sus aforismos se pueden localizar en cualquier tiempo del paso del hombre y su ser... –"humano, demasiado humano"-, (título este último del que sentía ingentes ansias y al que verdaderamente intenté localizar, pero que no pude conseguir y me conformé con otro). ¿Bien?
El prólogo del libro se presentaba por partida doble: uno, el primero, del traductor, hablaba sobre una localización bibliográfica histórica del autor, al que la mayoría debe reconocer sobradamente; otro, el segundo, el del filósofo Nietszche, el autor, lo hacía sobre el problema personal con el que se encontró a la hora de bautizar el libro que ostentaba yo, en mis sudorosas manos, de título: EL GAY SABER.
El razonamiento principal que el autor me transmitió era sobre la problemática a la hora del pensamiento y opinión del futuro lector sobre el título. Por lo visto, Nietzsche barajó varios títulos en pos de un acierto completo, al que, y también por lo visto, no llegaba a buen término bajo ninguna perspectiva de completo acierto. Por supuesto él lo explicaba con la corrección debida, no como este aprendiz de cuentista.
Tal era el caso que ese libro ha sido titulado de varias formas para distintos países. Pero su fuente de inspiración general a la hora de iniciarlo la cogió el autor de la gaya ciencia renacentista. Y así se decidió titular el libro en algunas ediciones.
Posteriormente, y ya lejana la muerte del pensador alemán, alguna edición ha sido rebautizada. Una de esas ediciones era la que sujetaba en mi poder (sustituido el título de la gaya ciencia por el de el gay saber). Es importantísimo el título en un libro. Hay toda una suerte de conflictos a la hora de plasmarlo definitivamente. Cuenta quién lo escribe, qué quiere transmitir por la vía rápida, o sea el título encarrila, y, sobre todo, lo es para quién lo va a comprar.
Para acceder al gran Parque del Buen Retiro madrileño debía coger un tren de cercanías desde Villaverde Bajo y apearme en la estación de Puerta Atocha. Unas gotas de lluvia me hicieron cambiar de planes y esperar acontecimientos sentado en un banco de la estación, a ver si escampaba. Comencé entonces una lectura relajada del libro. Satisfecha en parte la curiosidad que algún aforismo me había soliviantado, decidí reposar el ejemplar en el banco de madera. Perderlo un rato de vista me facilitaría, debido al tedio de nuevo, la búsqueda de mi espíritu, y con ello mi alma animara a mi físico a practicar deporte que me mantuviera en forma y de ese modo esquivar el horrible aburrimiento al que me acabo de referir. Qué bien podrían darle mucho por saco de vez en cuando, dicho sea de paso. Aunque, por otra parte, si esa abrumadora circunstancia contribuye a que el físico mantenga los niveles mínimos de rendimiento aceptable del cuerpo y mente, que nos albergan toda suerte de parámetros metafísicos, bien hallada sea. A veces, no sabe uno cómo acertar. Te aburres, lees y/o corres por los parques. El libro me inspiraba a meditar.
A una distancia de unos cien metros observé, con paso herrumbroso, acercarse una figura humana, no demasiado humana se diría por sus andares, hasta mi posición. No le presté más atención que la que se le presta a un perro que mea la rueda de un coche. Pronto lo tuve a mi altura y se fijó en todo aquello que me rodeaba, incluido el libro del gran filósofo alemán que le acarreó una gran apertura de párpados y profundo centre en su mirada.
El aspecto físico del individuo era el siguiente: la indumentaria, un chandal barato a juego con las zapatillas, todo de tono azulado, era apropiada para haber pasado por cualquier persona "enganchada" en algún tema prohibido y perjudicial para la salud, buscando los W.C de la humilde estación, y con la vena más picada que el colador de mi abuela; pero el hilo de babilla que le colgaba por la comisura de sus labios, en la parte derecha, y cierta papada no disimulada, que le hacía sombra al cuello, le despejaba el aspecto de yonqui malogrado. Muy repeinado, el tipo, como si lo hubiera hecho con lija del siete, y mojado el cabello, oscuro como para asustar a un bebé; sus rodillas debían estar algo deformadas, muy parecido a la forma del protagonista juvenil de Forrest Gump. El menda comenzó a reír a borbotones, sin dejar de observar mis pupilas y señalar el libro. Va y dice:
- ¡FFVVAMOS, FFVVAMOS..., FFVVENGA!
No era yonqui. Era tonto perdido. Claro que el tema de tonto está por dilucidar; conozco a más de uno con la cuenta bancaria muy saneada y con una mujer que te quita el hipo. Lógicamente yo me hice el loco. Es a lo único que temen los tontos de verdad. Aunque en ese preciso momento mi locura no era otra que un ostentoso disimulo y un: no hacerle ni puñetero caso. Va y larga de nuevo:
- ¡FFVVAMOS, FFVVAMOS..., FFVVENGA!
"Hay que joderse", repliqué, no sin dudar que lo hubiera hecho en voz alta.
- ¡FFVAMOS... Y NOSSFF… LA CHUPAMOS!
"La madre que lo parió", salpiqué, ahora sin ninguna duda de que lo había realizado a voz pelada, y que probablemente me hubieran escuchado hasta en su casa.
- ¡FFVAMOS... Y NOSSFF LA CHUPAMOS!
Repetía una y otra vez el individuo, sin apartar la vista de mi cabeza. Me propinaba una sonrisa burlesca, igual que la que se le da a un animalillo al que creemos le va a agradar. Le contesté:
- Date una vuelta por ahí, hombre, que a lo mejor te está buscando tu padre.
Todavía hoy, cuando escribo esto, no tengo la consciencia de que me hubiera entendido. El tipo no se inmutó para nada en su forma de actuar. Y repetimos, ambos, toda la jugada un par de veces más.
La conclusión que sacó el tiparraco de todo aquéllo no debió de ser otra que la de prolongar, lo que para él era, el juego. Agarró el volumen (o sea, el libro) que tan ricamente reposaba en el asiento de madera y salió corriendo de tal guisa que casi pierde el culo; por cierto, con un buen manchón aquello, en forma de flor abierta, de haberse sentado en cualquier lado grasiento y desparramado.
Arranqué detrás de él. No era cuestión de perder el libro en ese lance. Ni en ése ni en cualquier otro. Menuda cara se te debe de quedar al anunciar a la muchacha de la biblioteca que lo has perdido. Sería dejar libertad de pensamiento a una extraña para que te pusiera a parir, y además con motivos. Corrí en pos de ese quitavidas como si me persiguieran un par de pitbulls.
Resultaba prácticamente imposible alcanzarlo.
Durante los próximos segundos, eternos como la espera de la nómina, el individuo dedicó toda su inteligencia a esquivarme, a situarse detrás de algunos árboles, a saltar, el muy jodido, y toda clase de penurias para mis fatigados tobillos. Yo pasaba en esos tiempos por un periodo de rehabilitación y mis movimientos musculares no eran todo lo álgidos que hubiera deseado. Y el tonto se había dado cuenta.
Por las cercanías del andén a la que dedicamos protagonismo no transitaba apenas nadie, a excepción del par de viajeros de turno. Ahora bien, algunos de los bancos de madera estaban ocupados por varias facetas de la vida familiar esperando algún tren; novios, madres con carrillo de bebé, y señoras con carrito de compra en etapa de reposo. Zonas que él consideró de avituallamiento y que utilizó, con toda la exactitud, como lugares de esquiva de mi persona. Una de las señoras gordas exclamó: "¡Mira!, dos gilipollas en apuros... ¡tan mayorcitos!"
Ese pensamiento llegó a mis más temibles neuronas como el aguijonazo de una avispa a la que le acaban de poner los cuernos. Apreté el paso. Concentré mis energías en la mental anestesia de mi Tendón de Aquiles. Le grité varios improperios seguidos al tontiloco, recordándole cierta parte de su rama familiar. Por fin, encajé mi dentadura como si la hubiera embridado con pernos de acero. Todo fue nulo. Él debió de desarrollar algo parecido y seguía esquivando mis ataques con la misma facilidad que Pelé lo haría con los defensas europeos.
Por fortuna, en el andén aparecieron dos perrillos falderos jugueteando.
El tipo se escondió detrás de uno de los pilares, a sabiendas que allí podría reposar sus pulmones unos segundos, dispuesto a continuar el asnado juego hermafrodita con el que parecía disfrutar el fulano como una quinceañera recién enamorada. Allí, se limpió la babilla que ya estaba a punto de solidificársele.
Entonces, uno de los perros distrajo la atención del interfecto el tiempo necesario para que yo de un salto casi felino le alcanzara la jeta. Él recibió un pequeño manotazo en su oído derecho que, con probabilidad, le hizo recordar la primera suma que le obligaron a realizar en la escuela antes de que sus padres decidieran que todo era inútil.
Se echó a llorar con tanta facilidad como lo hace tu novia jovencita si no le dices te quiero todos los días, un par de veces. Me quedé traspuesto y sin hálito a expensas de lo que la vida quisiera ingeniar conmigo en el próximo minuto.
El desgraciado lloriqueaba como una hiena recién parida y primeriza. Vi el libro a unos cinco metros de nuestra situación abierto en dos y boca abajo. Iría por él.
- ¡Oiga!, ¿¡adónde va usted!? ¿Por qué ha agredido a este señor? ¡Quieto!
Era la voz solemne y cansada de una agente de la autoridad.
Una pareja de policías, de esos que pasean por las estaciones y que apenas tienen barriga, nos observaban. Eran un hombre y una mujer.
Había chillado ella. Válgame el Señor, pensé furibundo.
Que me ahorquen si pude articular palabra alguna. Necesitaba todo el aire que había en el planeta para mí sólo. La guripa, con ese traje rígido que es capaz de afear a la Marilyn, se me acercó con la mano en la porra. Era rubia de bote y con nariz de loro. Me espetó:
- ¿Por qué perseguía a este muchacho, qué quería hacerle? ¡Vamos hable!
El tonto comenzó a levantarse y exclamó:
- ¡¡MAFFF FFPEGAGOOO!!
El municipal macho me agarró del brazo e impidió que recogiera mi libro. En ese momento me permitieron hablar:
- Solomente quería recuperar mi libro que este delincuente me quería robar.
- ¡¡MAFFF FFPEGAGOOO!!
- ¡Encima! Será cabronazo el tío. - Repliqué como un hincha cabreado al linier.
Un hombre se acercó hasta nosotros. Era uno de los jubilados a los que tuve que esquivar minutos antes y que a partir del suceso no nos había perdido de vista.
- ¡¡MAFFF FFPEGAGOOO!!
El tonto pareció reconocer al recién llegado. Debían ser vecinos o algo parecido. Creí que mi suerte haría acto de presencia ese día.
- ¿Ha visto usted algo? - Inquirió la agente al señor.
- Me parece que éstos se traían cachondeo por no se qué de un libro. -Dijo el viejo-. A éste, -ahora señaló al otro-, lo conozco del bloque de aquí al lado. Siempre se está metiendo en líos, que es lo que anda buscando todos los días. Usted ya me entiende.
El viejo se pasó el dedo índice de su mano derecha por la mejilla más cercana, como si se repasara la ubicación de una cicatriz de guerra recorriéndola despacio.
- ¿Cuál libro? - Replicó el municipal.
Recogí el ejemplar en esos momentos con toda la celeridad que pude y se lo puse en bandeja para que lo analizaran con la parsimonia a la que nos tienen acostumbrados. Así lo hizo. Después se lo enseñó a su compañera y soltaron, ambos a la par, una cínica sonrisilla. Dijo ella:
- Gracias caballero, -señalando al jubilado-, muy amable. Creo que no va a haber problema de ahora en adelante. ¿Verdad? -Ahora me miró a mí-. Se va a ir cada uno por su lado y que no los vuelva a ver juntos. Venga que ya estamos dando demasiado la nota por aquí.
Asentí con la misma alegría que lo hice cuando me propusieron mi primer trabajo. El tonto mariquita se alejó siguiendo los pasos del jubilado.
La pareja de autoridades desarrolló pose de ciudadanía estable viendo como yo arreglaba el libro y me alejaba de allí con un punzante escozor en la nuca procedente del pensamiento sobre la rubia de bote que me estaría poniendo verde y, seguramente, criticándome más que a su jefe inmediato.
Les oí comentar, sin saber exactamente en qué orden:
- Joder, con los maricones estos, ¡cuántos problemas nos dan!, si es que les da igual cualquier cosa, ya. ¿No sé dónde vamos a llegar?
Y yo, con una voz abonada a la sequedad de un desierto, le dediqué una reflexión profunda al título del libro y a la disertación que un rato antes había leído en él plasmada por el filósofo alemán.
"Señor Friedrich, por lo que a mí respecta, se ha elegido un mal título para su libro".
Me alejé de la estación a la búsqueda de una ducha templada como si me fuera la vida en ello.
Ya iría al Retiro otro día.
"Moralidad es el instinto de rebaño en cada individuo"
F. Nietzsche. "El gay saber".

miércoles, 27 de mayo de 2009

"k"atarsis sociológica en clave de MÁS VALE SOLO QUE MAL ACOMPAÑADO

Más vale solo que mal acompañado. Éste es un refrán español o lo que es lo mismo un aforismo a lo basto. La aplicación más usual sería la de una réplica a un mal gesto/desprecio/feo que nos han regalado; o lo queremos regalar nosotros, directamente. Vamos a pretender aclarar su significado. Vaya por delante que mi persona es solitaria, sin haberlo pretendido del todo; acrecentada en los dos o tres últimos años, donde voy decidiendo cada vez con más ahínco que este refrán es cojonudo. También expreso inmediatamente que no es mi situación ideal, he sido muy feliz bien acompañado, pero sí que la considero de lo mejor cuando la agarró bien empleada. Con esto sólo digo que mi opinión no es todo lo objetiva deseable. Como todos, soy un individuo y estoy sujeto a mi opinión y vivencias, esto es, al subjetivismo. Y si necesito compañía la hallo.
Cuando recibimos algún ultraje quizá no estemos atentos del todo a ese hecho y pase desapercibido, para el que lo recibe, con lo que nos lleva a intentar estar junto a la persona deseada y recibir una nueva humillación. Esto sucede a menudo en la adolescencia y, sobre todo, con los temas amorosos y de amistad intensa. A esa edad, lo normal no es reconocer las señales y, una y otra vez, podemos insistir en mantener la relación que tanto deseamos. Casi nunca se valora que el/la de enfrente no desea nuestra compañía o nuestro amor. Al insistir, desdeñando el perjuicio, lo único que conseguiremos es incrementar la autoestima del otro y debilitar la nuestra. ¿Merece la pena?, o quizá estar solo/a nos proteja la autoestima, y el/la contrario/a que se busque la vida para incrementar la suya, ¿no?
Ya alejada la adolescencia y cada vez más cerca de la Gran Madurez (paso previo a la Tercera Edad) deberíamos haber comprendido lo expuesto con anterioridad, para beneficiarnos del refrán si así lo deseamos.
Desde luego es una gran tragedia que no seamos correspondidos en los amores, pero lo es peor que volvamos a maltratar nuestro ego. Si no nos quieren (de verdad, que captes que es así) aunque nosotros sí, sea como fuere, lo que conviene es alejarse y no recibir más desprecios. Ya morirá ese amor, o impulso, por alguno de los distintos cauces que ello necesita.
Al fin y al cabo, el mejor amigo de uno es uno mismo y ahí no se puede aplicar el refrán protagonista de este mensaje. Pero, sí que se lo podemos acoplar a los demás, de ser necesario. ¿Pero cómo?
Sencillo, haciendo todas aquellas cosas que harías con las personas que deseares (recordemos, nos han despreciado) tú solo/a sin ningún tipo de vergüenza; o sea: te vas al cine, a los restaurantes, a tomar cervecitas, viajes, compras, etc. Comprobad que en la soledad casi nadie se exhibe.
No ves a una mujer sola en el cine en la puñetera vida. ¿Por qué?
Quizá te lleves una sorpresa, amigo/a lector/a, con la facilidad que se encuentran nuevos caminos entre extraños (que enseguida dejan de serlo) con un poquito de actitud sociable, ya que si un desconocido/a te jode no es lo mismo a que lo haga un allegado/a. El riesgo de sufrir es mucho menor y no llegará nunca a importante demasiado.
Otra cosa es que los demás te consideren un riesgo para su existencia, con motivos o sin ellos, y el refrán te lo apliquen a ti. Mala suerte pues y más tesón necesitaríamos, ahí, para no hinchar esa situación.
Con la edad algunas cosas van dando bastante igual y seguramente que este escrito pueda considerarse una rayada personal, ofrecida gratis. Yo aplico todo esto cada vez que me acuerdo y, la verdad, no sé si mi autoestima mejora al ir por la vida en plan solitario pero lo que sí he detectado es que cuando lo hago no desmejora. A mí mismo siempre me doy la razón y me encanta mi compañía. Cuando eso no es así siempre encuentro alguien al que calentarle la oreja un poquito y me ahorro el psicoanalista, y no les doy oportunidad a los despreciadores de que me la vuelvan a jugar; aunque ellos crean que llevan toda la razón, de modo que cada cual a lo suyo. Repito, no es mi situación ideal, aunque sí de las mejores. Pruébalo, de vez en cuando, y me comentas, colego; digo, colega.

domingo, 10 de mayo de 2009

CUANDO YO YA NO ESTÉ...

Cuando yo ya no esté junto a ti, compañera;
de ello enmudecido mi semblante se entristezca
que nuestro fuerte idilio más ya no crezca
con mi marchito aliento bien henchido de pena.

Tal perdición que todo humano inmerezca
y de ningún sufrimiento externo quisiera
en desgraciado momento que feneciera
poder decirle a mi alma: "¡hasta siempre nena!"

Recuérdame amiga siempre con gran agrado
pues conmigo me llevaré una parte de tu ente
y todos mis sueños aquí abandonaré a tu lado.

No hay persona triste y amarga y decente;
cosas que diría, al verme de ti ya separado.
De un ser menudo, que te vive… alegremente.

lunes, 4 de mayo de 2009

OTRA VEZ EL 1º DE MAYO

Dos palomos grises descienden para reposar en una cornisa del añejo edificio céntrico atraídos por el colorido rojo de la manifestación y el bullicio general. Las pancartas con las proclamas y reivindicaciones protagonizan la marcha: CC.OO Y UGT ÚNETE, MÁS TRABAJOS Y MENOS CARGOS, IU SOLIDARIA POR EL EMPLEO, PCE SIEMPRE CON LOS CURRANTES, EMPRESARIOS EGOISTAS, AZNAR TONTOPOLLAS, ZAPATERO CABRÓN AYUDA AL PEÓN, RAJOY SI VOY CON LO QUE TE DOY, EL CULPABLE DE LA CRISIS FINANCIERA SE MUERA, OBAMA QUE NO TE HAGAN LA CAMA... Las fanfarrias, charangas, los ecologistas con sus altavoces al máximo, y demás agrupaciones ruidosas, pandillas de amigotes que utilizan ese día como fiesta y jornada de comunicación social, conjunto de trabajadores y parados que calman conciencia o desasosiegos avanzando con paso parsimonioso; es decir, la masa ciudadana laboral que quiere hacerse notar, los que quieren conservar su empleo, los que lo buscan por necesidad y muchos que piensan lo mal repartido que está el mundo, todos los interesados muy juntitos para refrescarle la memoria al gobierno, y demás poderosos, de turno. Pero… ¿todos?
Uno de los palomos exhorta a su compañero: “vámonos de aquí que éstos son sólo los grandes y no vamos a beneficiarnos nada para nosotros.” Y el otro le replica: “sí, es verdad, larguémonos volando hacia los otros de los que siempre obtenemos una buena pitanza de la que aprovechar”.
Los dos pájaros iniciaron vuelo en busca de un sitio privilegiado a la espera del botellón de más tarde y que tanto entusiasma a los jóvenes.
(Moraleja/pregunta: ¿algunos es que no necesitan reclamar trabajo para el futuro?)

lunes, 27 de abril de 2009

UN VIAJECITO CAPRICHOSAMENTE ERÓTICO

El autobús cubría el trayecto entre Villaverde Bajo y Madrid-Atocha, la línea 85. Autobuses rojos, lentos y ruidosos. En ocasiones la capacidad excedía tanto del máximo que, como dice el tópico, parecíamos anchoas en bote, en esa especie de caja de zapatos gigantesca, con ventanitas y ruedas grasientas, que desparramaba humo con cada arrancada. Año 1980 y poco.
En la parte trasera del vehículo, diáfana a excepción de las oportunas barras redondas verticales de acero que favorecían la sujeción, hallé hueco, por decir algo, para meter mi veinteañero brazo hasta el fondo y sujetar el resto del cuerpo en un asidero. Mi posición: erguido para no molestar y de paso evitar roces inoportunos, mi mano izquierda al bolsillo y el brazo derecho casi estirado del todo ayudando a la otra mano y así poder seguir aferrado. Rodeado de humanidad por todas partes me armé de paciencia a sabiendas que el viaje iba para largo, una hora al menos, seis kilómetros con más de veinte paradas hacia una entrada a Madrid, Legazpi y Delicias, donde confluían todas las líneas del Sur de Madrid, con tráfico intensísimo. Casi nada.
En la siguiente parada, en una nueva arrancada del dichoso BUS que quería llevarse mi cabeza si no es por el cuello, ya que la parte trasera con cada curva en aceleración era una diversión de feria donde los cuerpos se tropezarían al mínimo descuido, uno de ellos buscó refugio entre mi brazo y otro viajero, su mano no tardó en tropezarse con la mía al palpar el asidero; ya que me había pellizcado los dedos, e instantánea fue la frase cordial de perdón, con un giro de cabeza tan rápido que me metió parte de su rubia melena en la boca. Era ella, ¡increíble!, mi compañera de instituto en 2º de BUP, estaba allí con todas esas circunstancias. Fue la segunda chica que me besó con lengua, gesto bautizado como un “muerdo” por aquellos barrios. La primera fue una muchacha bastante mayor que yo y me lo propinó en mi pueblo andaluz natal cuando era algo más que un crío. En efecto, era inmigrante interno nacional, al igual que ella. Ahora voy a ser claro (aunque gane enemigos, como siempre): me empalmé conforme le decía “no pasa nada”. Imaginen el ruido, las pocas ganas de hablar y los recuerdos que a ambos nos inundaron la mente. O sea, todo lo acontecido a partir de ahora fue sin palabras; eso sí, adornadas con algún que otro gemido camuflado. En su momento no pasamos de unos pocos tocamientos que favorecieron alguna masturbación por mi parte, y quiero pensar que también por la suya. Después las asignaturas elegidas por cada uno nos hicieron cambiar de clase y cada cuál conoció nuevos compañeros y amigos. No se inició la historia de amor en aquel momento simplemente porque la adolescencia es tan antojadiza con algunos que hizo que unos pocos estuviéramos enamorados todo el rato de distintas jovencitas y muy, pero muy, despistados. Ésa es otra historia.
Ella (sí recuerdo su nombre, pero lo omitiré) apoyó su culito en el prominente bolsillo de mi pantalón, donde alojé mi mano minutos antes. Su faldita veraniega, ligera y con gran vuelo, tapaba su fisonomía pero permitía que el muñón que formaba mi puño captara todos los detalles allá dónde tentaba. Por fortuna (eso digo ahora aunque en su momento los nervios iban a hacer que me estallara el corazón) un señor grandote incluyó la parte trasera de su cuerpo entre nosotros y el resto de los viajeros y se agarró dónde pudo de tal manera que era inamovible. Nos regaló la intimidad necesaria. Y éste que relata tuvo la feliz idea de girar el cuerpo para proteger a mi compañera de viaje de cualquier eventualidad y/o roce con el individuo. Ella agradeció el gesto y se refugió unos centímetros más cerca de mí. Mi pene recibió un asalto de sangre que casi me mareo, y ella debió notarlo y aceptarlo, ya que sus nalgas me las restregó en un sinuoso baile al compás del movimiento del autobús. Entonces, ahora, me dije que sí que adelante con todo, justo en la siguiente parada (sitio al que algunos viajeros desistieron de intentar subir) ella siguió restregando mi bulto del pantalón como si continuáramos en movimiento. Había que decidir. Y lo hice, vaya que sí, saqué mi mano izquierda para fingir atusarme el pelo y aproveché pata tocarle una tetilla y recalé en su pezón, tieso como un trocito de polohelado. Noté un pellizco en mi otra mano, de nuevo. No puede haber duda, me está animando para que siga. Ella debía de estar escuchando los latidos de mi corazón sin duda, y notando como mi polla quería salir a saludarla, pero claro, yo no me atrevía. A lo máximo que me lancé es a tocarle sus partes más íntimas, por encima de la falda, al realizar el gesto de vuelta de mi mano izquierda. Si me llega a besar en ese momento estoy seguro de que la abrazo con tal intensidad que hubiéramos tirado al suelo a todo aquél que nos rodeaba. En eso, ella sujeta mi dedo índice a la altura de su clítoris y me da a entender que lo restriegue mientras se sube la falda lo justo para que yo acceda a sus braguitas (que aún hoy no sé ni de qué color eran) con todos mis dedos libres. El viaje se transformó en una sucesión de roces y gemidos camuflados, hasta tal punto que me desabrochó la bragueta e introdujo su delicada mano y me tocó el glande, después los testículos, donde yo soportaba los pellizcos y los toques dolorosos, ya que me daban igual por no decir que me gustaron, y me masajeó, hasta que eyaculé y le manché la mano. Mientras ella hacía esos ademanes conmigo de compinche, le metí dos dedos en su coño, pero pareció no gustarle demasiado por lo que volví a manosearle el clítoris. Gemí y le mordisqueé una oreja mientras me corría.
Pasaron los minutos sin darme cuenta. Los cuerpos igual de pegados pero ya sin inquietudes sexuales. Se despidió dos paradas después, sonriéndome.
Media hora tardé en llegar a mi destino, donde me esperaban un par de colegas del curro para ver si ligábamos algo por los PUbs de la zona, o echar unas risas en su defecto. Como se puede comprender me tiró más lo segundo.
En alguna ocasión, me la he meneado pensando en aquello. Con la edad me voy volviendo un poco más pornográfico en cada recuerdo. Cuando falta el amor, buen sustituto es el sexo, aunque sea con uno mismo. ¿Sí o no?

sábado, 11 de abril de 2009

TU DESAFECTO

Te busco y no hallo
te miro y me esquivas
te hablo y no oigo.
Entonces el frágil timón
de mi existencia se ennoria
incontrolado a merced de dicha tormenta.
¿Por qué no agarrarlo con bríos?,
si contemplarlo huérfano me lastima.
¿Qué misterioso yugo se me inculca?,
si hasta hace bien poco
bien aferrado lo prendía.
Del paseo al trote,
de ahí avanza rápido,
y de allí al galope.
Mi montura dislocada
el camino estrechado
el día nublado
la duda amarrada
y tu afecto agazapado.
¡Cuánto malestar!
tanto te cuesta mimar
o será nuestro vínculo que te ha fallado.
Compañera distraída,
tú, alejada amiga
tú, persona compungida
qué miedo me da el pensar…
¿¡qué!?, perdona que te diga:
¿no será un nuevo amor que, ya, te domina?

lunes, 30 de marzo de 2009

AL FIN GEMISTE MI NOMBRE...

Penélope Cruz, Penélope y latina, Pe, morena y española, que Julio Romero de Torres hubiera pintado una y otra vez; tú adueñándote siempre de todo el cuadro, como uno de tus personajes.
Hace tanto tiempo que sueño con tu abrazo que se me aferra con todas tus fuerzas y me acercas hacia tu corazón, con suerte para mí tan cerca de tus senos, dos montículos turgentes coronados por dos tortillas, una de patatas y otra de jamón, jamón, que cobijan pezones de crianza madrileña, redondos y oscuros, como tú.

Así floreciste para mí.
Sueño que me besas con tus labios hinchados de placer desde la cima del mundo, para captar, lo sé, lo intuyo, que aún no has dejado de mirar hacia abajo como una niña, a lo último sola, que es lo que te dije en aquella ocasión que el sueño se convirtió en realidad durante unos segundos.
Estamos juntos en tu bañera del hotel. Yo repito tu nombre en intervalos precisos, porque te deseaba tan cerca de mí que no me puedo contener. Te dejas llevar por los recuerdos de esa gran canción que te bautizó. Te ruego que no finjas más, no es ningún rol de película, algunos de los cuales son maravillosos. Te pido perdón al oído por no acordarme de todos tus papeles europeos, aunque sí de los importantes, y me compensas con un baile sensual acuático, de repente tengo tus partes más intimas en mi boca. Estás húmeda por partida doble, tu monte de Venus es prominente, liso y muy negro. Huele a una mar desaforada. Vuelvo a repetir el nombre: Penélope. Y odio a quien te odia, te digo, ¿y entonces me empujas dentro de ti?, no sé ya.
Escucho tus gemidos a través del agua burbujeante, ahora me acercas a tu lengua que me embadurna todo el cuerpo con saliva que me sabe a miel con limón, en mi interior has tatuado ya ese olor de por vida. Espero tus decisiones para más penetración, no tengo prisa, ya que soy tuyo para siempre.
Tú y yo, como un matrimonio bien concordado donde, Penélope y artista, para siempre será la protagonista absoluta.
Por fin, oigo, como un eco perturbado pero dulcificado, brotado de tus cuerdas vocales, con esa dicción maravillosa, y a sabiendas que mi cercanía te pone muy excitada, ése, mi nombre: “¡OSCAR!”

jueves, 26 de marzo de 2009

LA DISTANCIA INDESEADA

De las blancuzcas nubes el cielo
de coloridos peces los mares
de solitarios planetas el Cosmos
y de ti estoy lleno yo.
Como una gruta de grisáceo hielo
como un amarillento desierto
como una perturbada isla
así estoy sin ti yo.
El incontenible deseo creciente
que arrastrado me lleva al sueño
de estar siempre contigo
aun dormido que despierto
siempre estás en mi mente.
¡Ay de mí! si no apareces pronto
por la lejanía del camino curvado
para poder a los ojos verte
y expresarte mi desamparo
cuando no te hallo a mi lado.
Si la distancia es el olvido, mi amada,
vuelve pronto por prioridad
a juntarte en el sofá,
a dominar mi lecho
a sembrar mis sueños
y, por fin, a ver mi verdad.
La marea de mi existencia
crece y crece
sin tu presencia.
Qué bonito sentimiento,
aquél que se comparte
en el que el querer se reparte
en dos personas
que aún en la lejanía
y el olvido como enemigo
-en constante batalla con él-
luchan y luchan
por defender ese sentimiento
que para la eternidad
les debería ser fiel.

lunes, 16 de marzo de 2009

UN PIROPITO CAPRICHOSO

Mientras deambula por Camino de Ronda al mediodía de un sábado invernal con un solazo que desmentiría lo acabado de exponer, Manuelo fija la vista en una papelera cercana para tirar el bote de cerveza que se acaba de apretar. De soslayo, casi buscando el estrabismo, se percata de un Mercadona en la acera de enfrente. Encesta de 5 puntos la lata en la papelera mientras piensa que me voy ha hincar un cuarto kilo de jamón ibérico pà tò mi polla. Apenas se advierten un par de personas en rededor.
En eso, mientras camina con fijeza al supermercado y loco por comprarse el alimento, lo adelanta un cuerpo de mujer de gran melena rubia, con paso más que presuroso, y con exquisito bamboleo de glúteos, por lo que medita pedazo de culo oye, y se queda algo hipnotizado.
Sigue ese cuerpazo que parece dirigirse al mismo sitio que él.
No se contiene y decide lanzarle un piropo, para caerle bien, por si más adelante comprando hubiere ocasión de entablar charla con la fémina.

“Chist, chist, oye, perdona, mira, te voy a adjudicar un 9 sobre 10. La Matrícula de Honor no podrá ser de momento, ¿te parece?”
Transcurren unos pocos segundos, tres o cuatro.
- ME PARECE MUY BIEN.
Escucha la respuesta a la vez que observa su cara y su cuello y, cómo no, su tono y timbre de voz. Ella no es ella.
Ella es él, con una nuez en mitad del cuello como nunca mejor dicho.
El acento que ha utilizado le suena a una mezcla de español y portugués, como a brasileño. Es un travestido o un transexual, no sabe.
“¿Ves?, cómo no podía ser lo de la Matrícula de Honor”.
- ¡DÉJAME EN PAZ!
Manuelo gira en redondo y se marcha meditando qué mal está todo.

miércoles, 11 de marzo de 2009

"kATARSIS sociológica en clave de PROSTITUCIÓN

PROSTITUCIÓN. Acción y efecto de prostituir, normalmente la femenina, mucho más generalizada, aunque existe la masculina. Actividad a la que se dedica quien mantiene relaciones sexuales con otras personas a cambio de dinero. Prostituir. Hacer que alguien ejerza la prostitución. Deshonrar, vender uno su empleo o su autoridad, abusando bajamente de ella por interés o adulación. Extorsionar al débil.
Básicamente se puede definir como “follar por dinero”, donde el dinero podría englobar todo el ámbito material. Si se ejerce involuntariamente, por obligación de circunstancias que escapan al dominio de la persona, sólo cabe sentirlo profundamente y desearle lo peor a los proxenetas, “violadores” y demás prostituyentes, de los muchos que hay.
Si se ejerce voluntariamente el asunto toma otro cariz. Me centraré en la prostitución femenina muchísimo más arraigada que la masculina.
Una “putita” se acuesta contigo intencionadamente, te alquila su cuerpo un tiempo prudencial y te propone un precio. Su cuerpo sería entonces mercancía pura. Es triste, puede que sí. Aunque nada más terminar se aleja de esa situación (recordemos que todo transcurre voluntariamente) formatea su cerebro y nunca habrá perdido su condición de mujer ya que ha elegido todo el proceso. ¿Dulcificado?, puede que sí. Es una profesión de alto riesgo, claro que sí, por eso debería ser controlada.
Es un tema con tantos matices que me perdería justificándolo. No.

Sólo deseo reseñar que si la meta de esa transacción o negocio económico es conseguir algo material (dinero es la bandera de ello), que al fin y al cabo el sexo surge en un importantísimo porcentaje, y alguien con voluntariedad utiliza su cuerpo para ofrecérselo al otro a cambio de un ascenso, transacción bancaria, rebaja de alquiler y etcétera, también se prostituye. ¿Sí?

¿O existe otro verbo para definir ese hecho? Pero hay más.
Puedes utilizar el sexo para chantajear a alguien más adelante.
Puedes conseguir pareja estable a cambio de que el sexo no le falte, ahora que están tan de moda los divorcios y las nuevas conquistas.
Puedes follar por cuatro rayas de cocaína en un baño de madrugada.
Puedes follar para no dormir en soledad, que no soportas.
Incluso puedes hacerlo por acceder a una nómina estable.
Así podríamos elaborar una lista inmensa. Entonces…

¿Cuándo no es prostitución ejercitar el sexo?
Como nos pongamos a afinar, prácticamente el sexo con otra persona casi siempre es a cambio de algo, inclusive el propio placer personal que reporta. Por supuesto que ahora expondré cuándo no lo es.
Esto le va a gustar mucho a unos cuantos: sexo para procrear.
Sexo por ver y disfrutar del placer del otro sin egoísmo alguno. Ejenn.
La lista no es tan amplia como la anterior, ¿verdad?
Cuando aparece la palabra amor (pero la de verdad) no lo es.
Cuando es follar por follar, diremos que tampoco.
Y si te obligan a ejercitar el sexo nunca debes considerarte puta.
Bueno, hasta aquí.
A veces pienso que la mayoría somos una pandilla de prostitutos y prostituidores; todo al mismo tiempo, aun sin fornicar.
Y muchas otras veces no, por consuelo.
SUERTE.

viernes, 6 de marzo de 2009

CITA CASI A CIEGAS

Una cita casi a ciegas que adorna un plato de natillas con un condimento inusual y remata una decisión loca. Así podría titularse este relatus. Ya llegaremos al final que engarzará con este principio.
Con el nickname de guapeton40 en un Chat de Internet para buscar compañía si te sientes solitario, o para el simple liguoteo, según se vea, conocí a gatitacachonda, en un momento dado. Las conversaciones que solía sostener con las muchachas cada vez se me antojaban más y más aburridas, de modo que a veces suelo ir al grano para una cita personal y ver qué pasa. De no ser así, abandono el chateo pronto. Es una especie de ansiedad que me domina en ocasiones. Ella debía opinar algo parecido.
Me envió su primer correo a las dos de la tarde y tardé pocos minutos en confirmarla en mi Messenger. Chateamos diez minutos, más o menos. Ella libraba de su trabajo esa noche y yo estaba de vacaciones. La conclusión a la que nos llevaron esos datos a los dos fue que iba a ser un buen momento para conocernos personalmente. Quedamos frente a la estación de Adif de Granada a las nueve de la noche.
Ocupé mi tarde en cocinarme un plato de natillas, dejarlas enfriar en la nevera (era el mes de Julio), y metérmelas entre pecho y espalda luego a la noche. Y ahora, creo que ya viene bien aportar el dato caprichoso: en vez de aliñar con canela las natillas me equivoqué de tarro y le endiñé un buen golpe de colorante para el arroz, sucedáneo de azafrán. Se quedaron las natillas más secas y más coloradas que un caribeño en Sierra Nevada. No quise tirarlas, al pronto, porque soy partidario de: “quién guarda, haya”.
Llegaron las nueve de la noche y bajo previo afeitado y acicalamiento general partí en busca de Gatitacachonda. Enseguida me percaté de que ella había echado cuentas de que yo era más joven. A mí me pareció un poco alocada porque nada más presentarnos comentó que había mojado su móvil en la piscina, esa misma tarde, por hablar y bañarse a la par. Físicamente no éramos para concedernos un premio a ninguno, aunque ella iba apretada. Tampoco nos echarían de ningún sitio por feos.
Enseguida ocurrió la primera anécdota. Quiso aparcar bien protegido su coche, que denominó como deportivo porque mostraba un alerón trasero. Le indiqué un sitio que conocía y que podría dar solución. El aparcamiento de los ferroviarios, al que supuse a esas horas no presentaría problema alguno. Allí se quedó el coche tranquilo y ella aun más. La segunda anécdota es que le propuse llamarnos por nuestros apodos del Chat durante un rato hasta que nos conociéramos un poco más, dándole de esa forma categoría y misterio a nuestros nombres verdaderos.
Ella debía llamarme “guapetón” y yo debía llamarla “gatita”. Accedió encantada. Joder, deputamadre.
Sucumbimos ante una terracita veraniega para hablar con calma. Gatita era charlatana. Y mi menda, en el rol de Guapetón, decidió poner los oídos a punto y sondear la situación.
Esta historia requiere que vaya al grano. La conversación llevó a ambos rápidamente a la conclusión de que el atractivo físico sólo surgiría con una noche de fiesta y borrachera, que es una especialidad bien conocida por mi persona y, por los visos, también por ella.
Pero no era la ocasión, ya que acarreaba un problema médico que solucionar y un fiestón me podría crear un gran inconveniente. Ella lo captó y, me temo, como no se iba a ver invitada a la juerga, desechó esa idea.
Dedicó más de una hora a criticar a su exmarido y a sus últimas citas. “Cómo me va a poner a mi ésta en cuanto me vaya”, pensé con ahínco.
Sobre las doce de la noche dimos fin al encuentro. Venga, de vuelta al aparcamiento de la estación para la despedida y que ella se pudiera marchar y yo a mi casa a seguir con la disciplina. Y tercera anécdota.
Habían echado el cierre a la cancela del aparcamiento y no se podía acceder a los coches aparcados allí. Gatita se puso blanca y por mi parte mantuve la calma suficiente como para no montar ningún dispositivo de ayuda. No existía ningún apuro. No era momento de estar solicitando una llave de un aparcamiento bastante particular a medianoche y con una persona que acababa de conocer. Tampoco le pasaría nada a su coche.
Imaginemos cómo sonó mi propuesta: “Gatita, si quieres te puedes quedar en mi casa, aquí al lado, y mañana a primera hora venimos a por tu coche, yo te acompañaría”. Lo pensó un minuto y respondió: “Bueno, Guapetón, no va a ser la primera vez”. Le regalé mi habitación de invitados, algo parecido a la cabaña del Tío Tom en versión moderna.
Nada más abrirle la puerta y hacer lo posible para que se sintiera cómoda le ofrecí mi ordenador y mi teléfono para que le dijera a quien ella quisiera dónde se encontraba y con quién. Se enganchó a chatear ipso-facto. Al observar que se sintió como en su casa me dediqué a fregar la pila y de paso dar aspecto de formalidad, por si al Sexo le daba por aparecer.
Cuarta anécdota. Gatita parecía saber chatear más que el que lo inventó. Se olvidó hasta de mi presencia. Y por ello, para todo mi futuro, fui testigo en la sombra de lo que una mujer escribe en los correos del Chat y lo que piensa de verdad, ya que ella se soltó la lengua. Es fácil de imaginar asimismo como escribía cualquier cosa picantona para seguir animando al otro a que le escriba “cositas” y exclamar en voz alta cosas del corte de: “fíjate el calvo este qué se creerá” y “a éste lo pongo cachondo y luego que se haga una paja si quiere, qué feo”, “¿si tuviera 29 años como mucho?, anda que no es viejo” (Ella tendría unos 35 ó 36 años). Y así.
Me reclamó que le había entrado hambre. Quinta anécdota. Ahora es la mía, me digo, y le ofrezco el plato de natillas, con pose de camarero y con el torso desnudo. Le metió un tiento bárbaro a las natillas con suma alegría por mi parte. “Saben a algo raro, ¿no?,”; “qué va, qué va, son las galletas que le he echado, come, come”. No sé si mi semidesnudo le gustó o no, el caso es que conoció a otro Internauta y quedó con él más ligero que el AVE DE Madrid / Málaga.
Sexta y última anécdota. Veinte minutos después dijo que se marchaba con el otro tipo. Me pidió que si podía bajar a escondidas y cogerle la matrícula al coche de él, y que la llevaría a la playa. “¡JAJEJI!”
Comprendí que la chica no estaba en poder de un gran conocimiento estable, o era de raciocinio débil, o yo qué sé. El caso es que le recrimino su acción, ya que conmigo iba a estar protegida y que no se puede ir una mujer a la aventura y con algo de miedo. Pero no hizo caso. Le respondí que me enviara por SMS la matrícula del coche, que eso era mejor remedio que hacer yo de detective. Estuvo conforme y se largó.
No recibí noticias suyas ni en ese instante ni en ningún otro.
Me preparé otro plato de natillas al día siguiente, esta vez bien hechas. Confirmé que su coche no estaba en el aparcamiento. Mejor.

A los dos días comprobé que estaba conectada al Messenger y que chateaba de nuevo. Le rogué que me enseñara sus tetas y me eliminó.