martes, 26 de junio de 2012

FULL DE ASES REYES

“Tu madre será una santa pero tú eres un hijo de puta”
El marido escucha la sentencia como esa persona que acabara de atravesar una tormentaza y espera el empapado resultado en su organismo. En este caso la tormenta la lleva por dentro, el hombre.
Su mujer sólo utilizó dicha frase, de procedencia madrileña como ella, en aquella ocasión en la que él se gastó el dinero, reservado para pagar la luz y el agua, en una partida de póquer. Luego se advino la promesa.
“Es la última vez, te lo juro”
Son una pareja treintañera enamorados de toda la vida, cuando se conocieron en el litoral granadino, donde nació él, en aquel espléndido verano de veinte años atrás. Los dos regentan un pequeño supermercado, uno de esos negocios que durante tanto tiempo fueron conocidos como ultramarinos. Fue una herencia que ambos aceptaron ante la inminente boda y el auge que la tienda experimentaba durante los meses del veraneo. Ella es guapísima, y muy deseable. Él no tanto. No tienen hijos, aún.
Vamos a la primera frase. Ella se acaba de enterar de que su marido ha estado jugando partidas con apuestas monetarias de por medio durante el último mes. Pero la información, por parte de una amiga casada con otro jugador, no venía sola. Acarreaba un mensaje especial. Él se apostó un polvo de su esposa contra treinta mil euros y un coche casi nuevo. En total en el tablero habría depositados unos cincuenta mil euros, para el ganador.
El asunto transcurrió más o menos así. El marido se encontró con que podía costarle el matrimonio si volvía a perder un dinero, de nuevo, que hacía falta para el negocio familiar, pero ante la jugada poderosa que llevaba en sus cinco cartas, ya toda la baraja repartida, se volvió atolondrado apostando. El otro implicado deseaba a la mujer sexualmente desde bastante tiempo atrás. Entonces, con el cachondeo y la emoción de descubrir las jugadas todos los presentes intervinieron jaleando las apuestas hasta que la boca, tubo de escape de la mente, emite una traición al consciente, que ya no puede reaccionar frente al subconsciente, junto a los testigos implicados. Entonces él recibe la oferta que estaba sospechando.
“No prefieres que te deba el doble y te olvidas de mi mujer”
“No, muchacho. Incluso se pondría las braguitas que yo escoja”
Esta frase es la que estallaba en el cerebro de ella como una granada.
Más adelante, él le llevó la buena nueva. Le había tocado la lotería. Y lo había respaldado con un buen montante económico y un regalo. Un carísimo ropaje interior rojo con ribetes y tintes negros y plateados.
“Cuéntame como te pudo suceder eso”, reclama su mujer.
Ella tiene los ojos muy abiertos, mientras él conduce, y le clava su mirada en la que se podría descifrar que está a punto de sonreír o de darle una hostia con la mano abierta, como si fuera un niño chico indomable.
“Ya me había descartado de la única carta que podría haberme hecho perder la partida. Descubrí las suyas en un descuido que tuvo al estornudar. Encima yo jugaba con full de ases reyes. Era imposible que me ganara”
“Pero, podrías haberte equivocado, tío tonto. Y además ahora estaremos en boca de la gente”
“Eso es lo de menos. Se puede convertir en una leyenda urbana”
“Ahora comprendo el regalito de las bragas y el sostén. ¿Verdad?”
Llegaron a su casa y estuvieron sin repartir palabras varias horas.
Cenaron en silencio.
La mujer apareció muy maquillada y sexy en la alcoba compartida.
“Mira, te lo voy a hacer pasar tan bien y tanto como le hubiera hecho disfrutar al otro. A ver qué te parece”
Él siguió participando de una solemne callada.
Se oyeron durante gran parte de la noche gemidos tipo adolescentes.
Por la mañana, durante el desayuno, antes de que él se marchara para abrir el negocio, ella le señaló el conjunto sexy protagonista con su índice.
“Lo voy a guardar muy limpito para utilizarlo con alguien la próxima vez que me entere de que has jugado a las cartas por dinero”
Al tipo le pareció tragarse un sapo cuando aceptó.
De esa noche, lo diremos, de amor, por fin, se quedó embarazada.