martes, 24 de septiembre de 2013

la sangre de la confianza


Ya han pasado cuatro meses desde su primer beso, y con cada nuevo sus corazones regurgitan sangre a raudales cuya prueba la delatan sus mejillas. Viajan por una autopista roja a gran velocidad.
Dos adolescentes, ¿enamorados? Sexualmente sólo se han provocado unos calentones tan impactantes como para manchar la ropa interior con la ilusionante alegría que a la próxima se verán aumentados.
¿Eres virgen?, inquiría él; ¿y tú?, replicaba ella. El chico recibe la contestación, una y otra vez, con la sensación de un reproche. ¿No te fías de mi palabra?, insistía ella. Si no lo dudo pero me encanta oírla, es que… las novias de mis amigos todas eran vírgenes. Entonces ella dirige la mirada a los cielos y luego le zarandea el flequillo.
El gran día se acerca, es el amanecer en una noche de conducción.
Hicieron el amor muy unidos, torpes, dulces, extraños, cómplices, ansiosos, impactados, silenciosos, quejumbrosos, forzados, en el sofá de un amigo íntimo.
A las nueve y media de la noche caminan de la mano hacia la vivienda de ella con el silencio como protagonista.
Al fin pregunta él: ¿has sangrado? Sí, claro. Más silencio. ¿Seguro? ¿Acaso no te fías de mi palabra?
Y esa duda perduró durante toda la relación, finiquitada cuando apareció otro muchacho algo más mayor en sus vidas.

viernes, 13 de septiembre de 2013

SOBRE PRINCESOS AZULES

PRINCESO AZUL: el amor soñado. Vale para el masculino y el femenino. 
Durante la adolescencia, antes de los fracasos amorosos venideros, cuando nuestras hormonas nos impiden razonar y nos enamoramos catorce o quince veces al día o, en su defecto, catorce o quince días de la misma persona, una chica en mi caso, los conceptos de amor normalmente pasan por creer que llegará algún día el Princeso Azul.
Ahora demos un buen salto. Ya hemos pasado de adolescentes a treintañeros. 
Supongamos que seguimos esperando al amor azul, al príncipe, princesa, o sea: el Princeso. ¿Por qué tarda tanto en llegar? ¿En verdad existe?
Algunos damos por muerta esa opción. No existe la princesa azul, y si existe no nos merecemos su compañía. Debido a que ella sí se merecería un príncipe azul. Y esa es una cualidad de la que no dispongo, por no ejercer más que por otra cosa.
He sido testigo de mujeres, bien cumplidos los treinta años, que sin actuar como princesas azules siguen esperando al princeso. Cómo si aquél fuera tonto perdido. Chica, para que te toque la lotería hay que arrimar el hombro, hay que jugar. Hay que currárselo. Pórtate como una princesa y tus posibilidades crecerán a tope.
  
El Princeso Azul necesita alguien que dé su perfil. No se va con cualquiera. Y huye descaradamente de todo tipo de pedorras y pedorros. Y huye de drogas, de noches baratas de borrachera, de chicas fáciles que por no estar solas se van con tipejos pelanas.
El Princeso Azul es omnisciente. Lo ve todo. Lo sabe todo de ti.
El paso de adolescentes a los treintaypico requiere de un proceso ecuánime. Si ese proceso te sorprende con un hogar montado todo es paulatino y con treinta años tu princeso será precisamente ése: un hogar feliz. Pero en ocasiones, normalmente por divorcios, a algunas personas les pillan los treinta años en un cambio de coyuntura emocional. Es decir, han pasado de tener un hogar montado hacia una soltería galopante. Y la memoria sensitiva improntada en el cerebro desarrolla el lapsus en forma de puente para enlazar aquella soltería con esta soltería en tu nueva vida. Vuelven a ser adolescentes. Y a esperar a su princeso. Normalmente a esperarlo sentados, sin esforzarnos. Pero no llega. Por cierto, los princesos no follan. Sólo hacen el amor.
Creo que el concepto está claro. 
Los Princesos Azules sí que existen.
Están dentro de nosotros. Nada más hay que sacarlos a la luz.
SUERTE.