jueves, 21 de agosto de 2014

QUÉ DÍA DE FE


Son las ocho de la mañana y dirijo mis pies hacia el hospital de La Fe en Valencia capital. Arrastro un dolor creciente en mi rodilla derecha, hinchada como un melón, que llevo aguantando desde las dos de la madrugada; hora en la que me tomé otras dos pastillas de ibuprofeno, sin resultado apetecible, a pique de que me diera una subida de tensión capaz de hacerme estallar los dos glóbulos blancos de mis atormentados ojos por no poder dormir en toda la noche. Detalle que se confirmará más adelante.

            Tras tres semanas de inflamación y cada vez más inutilizada mi pierna derecha al fin llego al hospital público con gran satisfacción. Es la primera vez que lo visito. Me registro en urgencias y a esperar. Pasan sólo diez minutos y me avisan para consulta de valoración en la Sala de Enfermería. Una muchacha joven y toda vestida de blanco con el último botón de su bata desabrochado me diagnostica. Al distraerme realizo un mal giro y me golpeó la rodilla enferma, ¿dónde si no? La punzada hace que se me salte una lágrima. Le comento que ya visité al Médico de Familia y que la medicación impuesta no surte efecto. También que no había cogido la Baja Laboral pero que en los dos últimos días el problema se había agravado y que por eso estaba en urgencias, sobre todo debido al intenso dolor. La enfermera termina el informe clínico y me despacha hacia la sala de espera. Ahora sí, de verdad, me toca esperar.

La primera hora pasa entretenida. Acudí a la lectura de una revista sobre cine que llevé preparada. La segunda hora me sirvió de repaso a mi vida.

Trataba de recordar cuándo fue la última vez que necesité los servicios de un hospital y enseguida el recuerdo se compinchó con el dolor y se mezclaron. Entonces me percaté que a dos pacientes llegados después de mi los hicieron pasar. Y pasaron a pie, sin ningún gesto de dolor. Bueno, me dije.

Como les decía, el dolor físico se entremezcló con el emocional. Ambos eran míos. ¿Qué hacía en la sala de urgencias de un hospital de una ciudad extraña donde los vínculos sociales estaban jugando al escondite? Está bien, tienes derecho a ponerte enfermo, chico, como todo el mundo. Pero la sensación de fracaso se había apoderado de mi alma. Solo, triste y torpe. Para colmo, sospechaba que a la gente la estaban colando por encima de mi turno. Sospecha acrecentada cuando a una muchacha recién llegada acompañada de su novio, ambos jovencitos, dando gritos a su móvil y ordenando al muchacho que le cambiara el asiento, la llamaron a consulta enseguida.

A las tres horas ya era yo la persona más veterana esperando llamada.

La meditación sobre mi vida dolorosa me había llevado a una conclusión que considero muy acertada: el único culpable de lo que me sucede en la vida soy yo, para lo bueno y para lo malo. Puede que se te quede cara de tonto al reconocerla, pero te hará ser una persona muy honesta y con buen futuro emocional y sentimental. No se trata de ser más listo que los demás, creo, sino de conseguir que los demás sean buenos contigo. Ahora bien, con los hijos de la gran puta no hay quien pueda; hay que abandonarlos, a su suerte.

Ya me cansé de esperar. Una cosa es que yo sea culpable de lo que me ha pasado en los grandes momentos y decisiones de mi vida, y otra, muy alejada, es que alguien me esté perjudicando en un momento concreto. Si ese alguien me está haciendo esperar por algún capricho o despiste, justo cuando mi dolor físico está optando a matrícula, se va a enterar. Hostias.

 Acudo, cojeando sin necesidad de dramatizar ya que el dolor se me notaba en la cara, a solicitar la atención de una enfermera de pasillo. La conmino a que revise mi parte de admisión en urgencias con toda la premura posible y que, por favor, me inyecten algún calmante poderoso: morfina o algo. La enfermera, una mujer bella de unos cincuenta años y muy ducha en el tema, nota mi desazón y mi enfado, aparte de haberme reconocido y recordar que llevo allí más de tres horas, y me promete ocuparse del tema. A los cinco minutos me llaman por los altavoces, por fin, a consulta. No sé si el alivio contribuyó de manera negativa pero mi rabia creció. ¿Qué coño había pasado?

Como no podía ser de otra manera, la maldita consulta está situada al final de un largo pasillo. Acabo de declinar la oferta que me hizo la enfermera de pasillo de proporcionarme una silla para inválidos. Encendí la mecha.

Llamo a la puerta de entrada y una voz femenina me invita a pasar.

 ¿No le parece que hacerme esperar con este dolor es una putada?

La médico, una joven que podría trabajar de modelo, nota mi enfado y me explica que mi expediente había sido catalogado como verde; o, es decir, una persona que no necesita el servicio de urgencias y que va a esperar hasta que se aburran los muertos. Le continúo la conversación catalogando de inútil a aquella persona que me haya incluido en ese régimen, que dicho sea de paso es mi color preferido. Le insisto en que llevo contribuyendo a la Seguridad Social desde antes de que ella naciera. Y, por último, que el líquido que está llenando mi rodilla hay que sacármelo, rápido, sea del color que sea. La médico dice que ella no piensa sacármelo y que ella no clasifica los expedientes.

Pues va a ser un buen momento para que todos salgamos en los periódicos. Y: llamaré a mi sindicato (CC.OO) para que denuncien el percance.

Le repito por tercera vez: según mi experiencia, conmigo mismo, tengo un ataque de gonalgia y que la rodilla se está llenando de ácido úrico a tope.

Cálmese, voy a tomarle la tensión. Me apunta: 22 y 17. Casi nada. Señor, como es nuestra obligación vamos a atenderlo. Tendré que derivarlo a otras instancias para que le estabilicen la tensión y puedan extraerle el líquido.

Bueno, al final se arregló todo. Sospecho que alguien había metido la pata en cuanto a mi expediente. Yo la metí por mi ansiedad. Me disculpé.

En cierta ocasión, alguien me dijo que ante una buena provocación los presuntos culpables no saben frenarse y suelen dar la cara. Qué macarrada.

Una vez en la consulta de Reumatología todo parecía encantador. La médico especialista, también una señora de muy buen ver, me explicó que mi tensión tan alta era debida al disgusto que me había provocado toda la situación, con seguridad, y que me darían algunos tranquilizantes para poder actuar en mi rodilla y realizarme la extracción con jeringuilla sin peligro. Se notaba que había hablado con la médico de urgencias, su colega. Harían todos los esfuerzos posibles para aliviarme cuanto antes. Volví a pedir perdón.

El trato, a partir de ese momento y para todas las visitas futuras, se puede tachar de inmejorable. Para mi, todas las profesionales son muy guapas.



Con mi rodilla recién aliviada y vendada, mi espíritu reconfortado, mi organismo relajado, pretendía encaminarme en busca de la Baja Laboral recomendada con el fin de que la cura fuera lo más efectiva posible.

Mientras esperaba el ascensor, bien asido el informe hospitalario dirigido al Médico de Familia, sentía que el brote de rencor y las ansías de venganza que había sufrido no terminaban de abandonarme del todo. Una vez más.

En cierta ocasión, alguien me dijo que esos brotes antisociales, rencor y venganza, llenan nuestra vida de veneno y que tienen mal remedio pues nunca llegan a cumplirse, pérdida de tiempo, y de hacerlo el mal se vuelve contra ti.

Sí. Aunque también te animan para seguir viviendo, por si te salen bien.



El ascensor se abrió. ¿He dicho que las médicos y enfermeras del hospital de la Fe de Valencia son guapas? Lo que vi, entonces, fue arte puro.

           

            ¡Ojala se muera todo aquél que me quiera joder! Este pensamiento debí expresarlo en voz alta. Una traición del inconsciente. Las puertas terminaron de dar paso del todo. Allí estaba ella. Y allí entré. Solo ante un espíritu celestial.

            Perdone, lamento que haya oído eso. Cuándo deben morir los demás es algo en lo que yo jamás debería de intervenir ni desear. Y agaché la cabeza. Esa especie de ángel blanco me miró penetrantemente. Parecía una enfermera, pero había detalles que podían descartar tal opción. Justo en el momento que comenzó a descender el ascensor (viaje de seis plantas) los tonos metálicos, los tonos ocres, los efectos madera, todos se volvieron blancos. La joven de intensa mirada brillaba más que nada dentro de ese ascensor, con una luz que transmitía la calma más absoluta. Me transfirió tanta bondad que me hizo sentir culpable por todos los malos momentos que le haya podido producir a los demás. La paz que penetró en mi cuerpo era muy viva.

            Entonces, el ascensor paró. Antes de que se abrieran las puertas dos grandes brazos que olían a césped recién segado y regado me abrazaron. Jamás había sentido tanta seguridad y tranquilidad, tanta que llegué a cerrar los ojos. Y escuché, como un susurro, con un tono maternal, a modo de exhortación: “busca, encuentra, da, recibe, abrazos”.

            Avancé mis manos, alargue mis brazos, quería asirme a ese ser para siempre y que me llevará a los cielos. Y lo abarqué, con todas mis fuerzas.

-          ¡Oiga!, ¿qué hace usted? Por el amor de Dios. ¿Por qué me toca?

Vaya. Por lo visto me había abalanzado hacia un señor muy mayor para emparejarme con él. Dos mujeres, que también habían entrado al ascensor, se reían. Debieron notar mi cara de asombro cuando abrí los ojos. Me marché.



El resto del día lo pasé intentando escribir este recuerdo inolvidable.