En una pareja, un orgullo mal entendido que actúa con soberbia (OrgullóN) funciona como un mecanismo de defensa destructivo que prioriza "ganar" el argumento sobre el bienestar del vínculo. La convivencia, entonces, es una competencia silenciosa, una guerra, donde prioriza el castigo al premio. Y la "venganza" aparecerá sin remedio.
Los orgullones asocian pedir disculpas con la humillación o la pérdida de poder. Son incapaces de pronunciar un "lo siento" genuino. Una disculpa suele ser de forma instrumental ("Perdón, pero tú me obligaste") para cerrar la discusión sin asumir la responsabilidad.
Cuando surge un conflicto, el orgullo mal entendido utiliza la distancia emocional y el silencio como herramientas de manipulación. En lugar de dialogar para resolver el problema se ignora al otro miembro de la pareja. Esto genera una profunda angustia en la otra persona y desgasta el canal de comunicación. Y "envenena".
La soberbia coloca a quien la padece en una posición de superioridad moral e intelectual. Los sentimientos, opiniones o quejas de la pareja son minimizados, tildados de "exageraciones" o ridiculizados. La relación deja de ser horizontal (de igual a igual) y se vuelve asimétrica. Tener la última palabra, o último silencio, se convierte en una necesidad vital. Los desacuerdos cotidianos y sin importancia se transforman en batallas campales. Ceder en una preferencia (como qué película ver o a dónde ir) se percibe falsamente como una derrota. Y mirarse a los ojos es una "ofensa".
El OrgullóN impide procesar y sanar los pequeños agravios del día a día. Se guardan rencores que luego se cobran en futuras discusiones. Al mismo tiempo, la persona soberbia y orgullosa muestra muy poca tolerancia hacia los errores de su pareja, juzgándolos con extrema severidad. Y quedando a la espera de "adivinarme" la mente.
El OrgullóN termina asfixiando el amor; si acaso, es real. Con el tiempo, la pareja se cansa de caminar sobre cáscaras de huevo, de no sentirse escuchada y de tener que ceder siempre para mantener la paz, lo que suele derivar en una ruptura afectiva o en una convivencia completamente fría y distante que acaba con la lealtad y provoca la infidelidad. La mencionada “venganza”.
Y todo ello para, al final, romper un vínculo que nunca existió.

















